Pintar para aprender a mirar

El mural pintado en una de las paredes del instituto María Rodrigo Foto: J. L.

Por Jesús López

Hay proyectos educativos que terminan cuando suena el timbre. Y hay otros que dejan huella mucho después de abandonar el aula. El mural que durante las últimas semanas ha cobrado vida en el instituto María Rodrigo (calle de Talamanca del Jarama, 2) pertenece a esta segunda categoría.

Bajo la dirección del reconocido grafitero Tetoux, acompañado por la artista Ainoa Olaso, parte del alumnado del centro ha participado en una intervención artística dedicada a María Rodrigo y a Miguel Hernández. Sin embargo, reducir la experiencia a una actividad plástica sería quedarse en la superficie. Lo importante no ha sido únicamente el resultado final, sino el proceso compartido: las conversaciones, los descubrimientos y la posibilidad de entender que el arte también puede ser una forma de conocimiento.

Desde hace años, este centro educativo del Ensanche de Vallecas ha convertido la cultura en una de sus señas de identidad. El instituto entiende que educar no consiste solo en transmitir contenidos, sino también en despertar la sensibilidad, fomentar el pensamiento crítico y fortalecer el vínculo con el entorno. Por eso, este mural encaja perfectamente en un proyecto educativo que busca abrir las aulas al barrio y el barrio a las aulas.

La iniciativa contó también con la participación de los artistas y profesores del Departamento de Dibujo, Inés Loza y Juan Azpilicueta, además de con Juan Argelina y Carlos Ruiz Balaguera, estos dos últimos vinculados a la llamada Tercera Escuela de Vallecas, heredera de aquella tradición cultural que convirtió nuestro territorio en un espacio de creación y reflexión.

La presencia de Miguel Hernández en el mural nos conduce inevitablemente al Cerro Almodóvar. Allí, entre yesos, tomillo y horizontes abiertos, el poeta encontró, junto a Alberto Sánchez, un paisaje que trascendía la geografía. Aquellos cerros inspiraron también a la Escuela de Vallecas, que supo descubrir belleza donde otros solo veían periferia. El tomillo, la tierra y los caminos del extrarradio se transformaron en una poética de los márgenes que todavía hoy sigue interpelándonos.

Arte y memoria

La figura de María Rodrigo completa ese diálogo entre arte y memoria. Compositora brillante y pionera, simboliza la capacidad de la cultura para resistir al olvido. Su nombre preside un centro que entiende la educación como una construcción colectiva donde la creatividad ocupa un lugar esencial.

Mientras los alumnos pintaban, investigaban y escuchaban historias sobre estos personajes, el mural iba adquiriendo un significado que va mucho más allá de sus colores. Porque el verdadero aprendizaje no estaba solo en la pared, sino en la mirada de quienes participaban en él. En la conciencia de formar parte de una historia más amplia. En el descubrimiento de que la cultura no es algo lejano ni reservado a especialistas, sino una herramienta para comprender el mundo.

Quizá dentro de unos años muchos de estos estudiantes olviden fechas, fórmulas o apuntes. Es inevitable. Pero tal vez recuerden una mañana de pintura, una conversación sobre Miguel Hernández o el aroma del tomillo en los cerros de Vallecas. Si eso sucede, el mural habrá cumplido su auténtica función.

Porque educar no consiste únicamente en enseñar. También consiste en dejar huellas. Y algunas de las más profundas se dibujan, precisamente, sobre los muros de la memoria.

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