El pan y la memoria: una tarde de mayo en el instituto María Rodrigo

Un momento del encuentro vecinal en el María Rodrigo. Foto: J. L.

Por Jesús López

El pasado 21 de mayo, el instituto María Rodrigo (calle de Talamanca del Jarama, 2) volvió a demostrar que un centro educativo puede ser mucho más que un edificio donde se imparten clases. Dentro de las actividades culturales organizadas con motivo de la novena edición de las fiestas del Ensanche de Vallecas, cerca de 30 personas participaron en el encuentro para presentar la exposición permanente «El pan de Vallecas. Un recorrido por su historia», que terminó convirtiéndose en una conversación colectiva sobre memoria, identidad y territorio.

La actividad reunió al artista Carlos Ruiz Balaguera, representante de la Asociación de Vecinos PAU Ensanche de Vallecas, y a Juan Argelina, poeta e historiador. Ambos trazaron un recorrido emocional por la historia del antiguo pueblo de Vallecas a partir de un elemento humilde y esencial: el pan.

Porque la historia de Vallecas también es la historia del pan. De la harina suspendida en el aire de las tahonas, del sudor de los panaderos y de los hornos encendidos antes del amanecer. Durante siglos, Vallecas alimentó a Madrid y buena parte de su identidad colectiva se levantó alrededor de ese oficio duro y silencioso. No es casual que todavía sobrevivan lugares ligados a esa tradición, como La Tahona, convertidos ya en parte del paisaje sentimental de Villa de Vallecas.

La charla recordó, además, algo esencial: detrás del pan hay también una historia de emigración. Muchos panaderos, como la figura de Francisco Malasaña, llegaron desde regiones pobres de Francia buscando una oportunidad en los arrabales madrileños. Vallecas fue tierra de acogida y trabajo, un territorio levantado desde el esfuerzo compartido.

En ese recorrido cultural surgió inevitablemente la huella de la Escuela de Vallecas, aquella vanguardia artística impulsada por Alberto Sánchez y Benjamín Palencia, que encontró en los descampados vallecanos una nueva forma de mirar el paisaje. No deja de resultar simbólico que Alberto Sánchez, antes de convertirse en escultor, trabajara también como panadero. En cierto modo, aquella sensibilidad nacida entre el trigo, el barro y el horizonte abierto del extrarradio terminó modelando una de las propuestas artísticas más singulares del siglo XX español.

Resultó especialmente simbólica la presencia de Paul, panadero del obrador Kembet, situado en la calle de Sierra Vieja, cuya intervención conectó aquella tradición histórica con las nuevas formas de panadería artesanal que sobreviven hoy frente a la producción industrial.

Compartir historias

Quizá ahí residió el verdadero sentido de la tarde. Comprender que crear tejido vecinal también consiste en compartir historias y reconocerse en una memoria común. Durante unas horas, el instituto María Rodrigo volvió a convertirse en un espacio abierto donde la cultura dejaba de ser algo abstracto para mezclarse con la vida cotidiana.

Al terminar el encuentro quedaba una sensación sencilla, pero poderosa: la de que Vallecas sigue construyéndose desde abajo, como el pan. Lentamente. Con paciencia. Con memoria.

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