Por Ignacio Marín (@ij_marin)
El mes de septiembre tiene algo de especial. Las ciudades, los barrios, comienzan a recobrar su vida habitual. La gente vuelve a poblar las calles con una mezcla de hastío, por volver a su lugar de trabajo, y de esperanza, por un nuevo comienzo. Porque septiembre siempre supone volver a la casilla de salida. Es como nacer de nuevo.
Sin embargo, tiene algo de ilusorio, porque cuando volvemos sigue todo igual. Nos esperan nuestros empleos precarizados. La especulación que mercadea con la vivienda seguirá rompiendo vidas. La privatización de los servicios públicos continuará terminando con esas mismas vidas. Las guerras, los genocidios y los crímenes machistas estarán ahí, peores incluso que cuando dejamos de pensar en ellos.
Pero hay algo diferente esta vez. Algo de lo que, tal vez, aún no somos totalmente conscientes. Algo que nos cambiará la vida, quizá para siempre. Cuando lleguemos al próximo verano, habremos pasado por, mínimo, tres procesos electorales, uno por cada administración: nacional, autonómica y local.
No soy capaz de imaginar cómo serán nuestras vidas entonces y cómo afectarán a nuestro día a día las convulsiones que nos esperan. Tiemblo al pensarlo, sinceramente. Nos rodea un clima de odio que roza ya la enajenación. Todo lo público está siendo expoliado y vendido como chatarra. Los que han sido perjudicados o han visto morir a sus seres queridos por estas políticas criminales son señalados y denigrados. Y lo peor de todo, concebimos esta situación como normal. Hemos aceptado sin rechistar este sálvese quien pueda tan rentable para los bolsillos de unos pocos.
Sin embargo, en los próximos meses vamos a tener la oportunidad de revertir la deriva en la que nos encontramos. O si no, aceptaremos definitivamente la mercantilización y expolio de los servicios públicos. Aceptaremos el machismo y la xenofobia como ideas perfectamente válidas en nuestra sociedad, como lo están comenzando a ser ya entre muchos jóvenes. Aceptaremos que el derecho de unos pocos a enriquecerse con la especulación urbanística vale más que el derecho de la mayoría a tener un techo donde descansar en el poco rato en el que no está siendo explotada. Nos jugamos mucho en los próximos meses. Más allá de los golpes en el pecho que veremos, bramando por la patria y la libertad, nos jugamos nuestra salud, nuestra dignidad y nuestra vida. Ojalá podamos vernos aquí todos dentro de un año.








