Por NeferetVK
El acto celebrado el sábado 18 de abril en el Auditorio de Entrevías, con autorización de la Junta Municipal de Puente de Vallecas, ofrece una imagen compleja que va más allá de lo visible. Bajo el lema Por un mundo mejor, la agrupación La Mano que ayuda desplegó un dispositivo solidario de gran envergadura: reparto de alimentos, atención básica, actividades para menores y servicios como peluquería o dispensario médico. A primera vista, la escena parecía incuestionable en su intención: cientos de personas en situación vulnerable recibían apoyo material en un entorno organizado con precisión y recursos notables.
Sin embargo, el análisis del acto invita a distinguir entre lo que se muestra y lo que subyace. La organización fue, sin duda, eficaz. Aproximadamente más de 600 asistentes, de los cuales cerca de un tercio pertenecían a la propia estructura del evento (voluntarios, pastores, equipos logísticos y “teams”) participaron en una jornada cuidadosamente planificada. La estética, la logística y la comunicación evidenciaban una inversión significativa: carpas nuevas, señalización sectorizada, camisetas corporativas, material impreso de alta calidad. Nada parecía improvisado.
Pero junto a la ayuda material se desarrollaba otro plano, más sutil. Cada bolsa de alimentos iba acompañada de una Biblia, y los discursos religiosos ocuparon un lugar central. Los testimonios de “éxito” personal vinculados a la fe y, especialmente, las referencias a curaciones y avances atribuidos a la oración, marcaron el tono de las intervenciones. El mensaje insistía en la superación a través de la fe, el arrepentimiento y la integración en la comunidad religiosa como vía para afrontar la precariedad, la enfermedad o la exclusión.
Este planteamiento abre interrogantes. En contextos de vulnerabilidad extrema, donde las familias buscan soluciones inmediatas y apoyo emocional, la combinación de ayuda material y mensaje religioso puede generar una relación desigual. La línea entre acompañamiento espiritual y captación se vuelve difusa cuando la necesidad es el punto de partida. La ayuda, aunque real, se entrelaza con una narrativa que orienta a los beneficiarios hacia una determinada visión del mundo y una estructura comunitaria concreta.
El perfil mayoritario de los asistentes, personas de origen hispanoamericano, añade otra capa de análisis. Se trata de un colectivo especialmente expuesto a la precariedad laboral y social, pero también con fuertes vínculos culturales y religiosos que estas organizaciones saben activar. En ese sentido, el acto no solo respondía a una necesidad asistencial, sino también a una lógica de arraigo y expansión.
A ello se suma un elemento político que no pasó desapercibido. Comentarios escuchados entre organizadores sobre la intención, y casi compromiso, de asistir posteriormente a un acto relacionado con María Corina Machado apuntan a conexiones ideológicas que trascienden lo puramente religioso. Sin necesidad de establecer relaciones directas, sí se percibe un ecosistema en el que determinadas organizaciones religiosas, discursos políticos y estrategias de movilización social pueden converger, especialmente en torno al llamado “voto latino”. A este cuadro se le añade una dimensión política difícil de ignorar. Mientras actos como este evidencian la capacidad de movilización y penetración en comunidades vulnerables, desde sectores de la derecha madrileña se percibe un creciente interés por capitalizar descaradamente ese llamado voto latino. Resulta llamativo que ese acercamiento conviva con una negativa reiterada a abordar procesos de regularización para miles de trabajadores migrantes que sostienen buena parte de la economía informal y de cuidados. En ese contraste emerge una contradicción evidente: se busca el respaldo electoral de estas comunidades, aunque se mantienen discursos y políticas restrictivas hacia su plena integración. Mientras tanto, las élites latinas más reaccionarias son premiadas y obsequiadas con toda clase de homenajes por parte del Gobierno de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Frente a ello, son las asociaciones vecinales y los colectivos barriales quienes, lejos de focos y estrategias partidistas, llevan años desarrollando una labor constante y desinteresada de acompañamiento, apoyo mutuo e integración real en barrios como Entrevías.
Recientemente diversos analistas reputados han advertido sobre la presencia en España de estructuras vinculadas a corrientes evangélicas de origen latinoamericano y brasileño, como la Iglesia Universal del Reino de Dios, situándola en el plano más puramente sectario, señaladas por prácticas controvertidas en distintos países. Aunque en este acto concreto no se observaron dinámicas económicas explícitas, el modelo de financiación basado en donaciones y la centralidad del discurso económico-espiritual forman parte del contexto en el que estas organizaciones operan habitualmente. Y presuntamente vinculan La Mano que ayuda con este tipo de agrupaciones.
Una escena ambivalente
El resultado final es una escena ambivalente. Por un lado, una acción solidaria aparentemente real, que cubre necesidades inmediatas y ofrece apoyo tangible. Por otro, un entramado de discursos, intereses y estrategias que invitan a una lectura más crítica. Los asistentes, en su mayoría, recogieron su bolsa de alimentos y su Biblia y abandonaron el recinto. La ayuda cumplió su función inmediata. Lo que queda abierto es el debate sobre el precio simbólico, social o ideológico que puede acompañar a este tipo de iniciativas.
En un contexto como el de Madrid, donde la desigualdad y la precariedad afectan de forma desigual a distintos colectivos, este tipo de actos se sitúan en una zona gris: entre la solidaridad necesaria y la instrumentalización política más que probable. Entender esa tensión es clave para analizar no solo lo ocurrido en Entrevías, sino fenómenos más amplios que atraviesan la relación entre asistencia social, religión y política.
Ante las dudas, la Junta Municipal debería informarse más antes de ceder espacios municipales que son de todos.








