Testimonio vivo

En ese Vallecas, olvidado y denigrado, solo había una opción para mejorar las paupérrimas condiciones de vida, organizarse y luchar contra la desigualdad

Por Ignacio Marín (@ij_marin)

Hace algunas semanas, tuve el placer de presentar mi novela ‘Edificio España’ en un rincón imprescindible para la cultura del barrio, la librería Muga. Como buena parte de mi libro está ambientada en Vallecas y en sí quiere servir de homenaje a los vecinos que se unieron y lucharon por un barrio mejor, planteamos que la presentación fuera un debate sobre la historia de esas luchas. Tan bien salió, que yo apenas hablé. Me sentí afortunado de presenciar tantos testimonios sobre el barrio, sobre su tradición reivindicativa, sobre cómo se creó ese tejido social, cómo se conquistaron tantos derechos, cómo estas calles pasaron del barro al asfalto, y las viviendas, de casas bajas hechas a mano, a enormes bloques de hormigón.

Muchos de los testimonios que pudimos escuchar estaban atravesados por la nostalgia. Una nostalgia por unos tiempos difíciles, ásperos. Pero que se soportaban con el apoyo del igual, formando una comunidad, una cooperación que obtenía retornos, frutos, logros para todos. Logros sin los cuales el barrio seguiría siendo un lodazal, sin recursos ni servicios de ningún tipo. Porque en ese Vallecas, olvidado y denigrado, solo había una opción para mejorar las paupérrimas condiciones de vida, organizarse y luchar contra la desigualdad. De este modo, se pudo plantar cara a la lacra de la droga, de la marginalidad, de los estereotipos hacia nuestro barrio. Porque la historia de Vallecas es una historia de lucha.

Pero esa nostalgia lamenta lo que hoy hemos perdido. De lo que, a pesar de ese ejemplo de lucha, hemos querido dejar por el camino. Todo ese sentimiento de comunidad, ese tejido social, esa esencia combativa y reivindicativa de nuestras calles. Todo ello servía de parapeto contra las injusticias y hoy corremos el riesgo de ver cómo se esfuma. Un parapeto vencido por el individualismo -una manera amable de referirse al egoísmo-, que provoca que el igual sea visto como rival, que la protesta sea terrorismo, y la conciencia, algo arcaico.

Es normal que esa nostalgia se convierta en rabia cuando los mismos ojos que vieron cómo este barrio prosperaba, cómo sus hijos podrían disfrutar de un transporte de calidad, de una educación y una sanidad pública al mismo nivel que el centro de la ciudad, hoy contemplen cómo esas conquistas se dejan caer por parte de la Administración y con la connivencia de muchos ciudadanos. Cómo se falta el respeto continuamente a la legitimidad y a la memoria de esas luchas por parte de los que se dicen nuestros representantes, y solo representan a los que expolian nuestros recursos.

Si aún no hemos sido intoxicados por el veneno del espejismo de libertad, de ese trampantojo del individualismo, podemos tomar nota del ejemplo de aquellos que se dejaron la piel por construir un barrio digno. Y tenemos la suerte de poder escucharlo, de aprender de él en persona. En nuestras propias casas, en nuestras calles, de boca de nuestros mayores o gracias al tejido social que todavía enorgullece a nuestro barrio. Porque ellos y ellas son testimonio vivo de la lucha de nuestras calles. Porque ellos y ellas son el testimonio vivo de Vallecas.

 

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