No, no quiero escribir los versos más tristes esta noche

Por Juan Sin Credo

La Avenida de Pablo Neruda es una arteria principal de la Gran Vallecas. Tiene su origen en el nudo de comunicaciones de la Autovía de Valencia desde donde inicia su recorrido hasta remansar su longitud del asfalto en la Asamblea de Madrid. A la altura de su confluencia con la Avenida de la Albufera se encuentra, náufrago en una exigua isleta del paso de peatones, un minúsculo busto que representa al poeta. Ahogado de intemperie la figura del vate americano, épico pregonero de la grandeza de ese continente en su ‘Canto general’, aunque miserable progenitor que abandonó a su hija enferma, me despierta sentimientos contradictorios sobre el hartazgo psicológico de una ciudanía abocada a un cuadro agudo de hipersensibilidad extrema.

Por ese motivo, parafraseando al poeta chileno en su universal ‘Veinte poemas de amor’, podría escribir “los versos más tristes esta noche”. Puedo “escribir, por ejemplo”, que Vallecas ha sufrido el temporal Filomena con unas consecuencias nefastas para el arbolado, donde cientos de ramas aún penden tronchadas en sus copas resultando un peligro real para los viandantes. “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido”, continuaría. “Pensar” en no tener la confianza en unos estamentos que vuelven por sus fueros, aprovechándose del privilegio de su jerarquía para saltarse a la torera el calendario de vacunación e inyectarse, con actitud bochornosa, una dosis que, evidentemente, no les corresponde. “Sentir que la he perdido”, la esperanza, en una sociedad que se comporta de una manera irascible e injusta.

Sin embargo, me niego a escribir ni versos, ni crónicas, ni nada más triste esta noche. Prefiero escribir sobre el pundonor de ese puñado de vallecanos que han salido a la calle durante las frías mañanas de enero para despejar la nieve de las aceras o a esos otros (sanitarios, libreras, bibliotecarios, profesoras) que desde primera línea continúan regalando amabilidad en estos tiempos difíciles tan excepcionales.

‘El infinito de un junco’

Puedo escribir sobre aspectos tan mundanos como la aplicación móvil, cómoda y eficaz, del Carnet Único Regional, que permite el acceso al servicio del Portal del Lector para reserva de ejemplares. De este modo, he podido acceder al préstamo en la biblioteca de Miguel Hernández del “pelotazo editorial” del año pasado, ‘El infinito en un junco’, de Irene Vallejo, que ha obtenido el Premio Nacional de Ensayo. Incluso, puedo escribir sobre la fascinación que propaga la lectura de las novelas del escritor norteamericano Colson Whitehead, tanto de ‘El ferrocarril subterráneo’ como ‘Los chicos de la Nikel’, ambos en las estanterías de la Biblioteca Gerardo Diego. Historias que desgranan con crudeza el esfuerzo titánico de luchar por unos derechos civiles inalienables para todo ser humano. Unos derechos fundamentales, hoy, en tela de juicio, debido a cierta arbitrariedad en las medidas restrictivas de corte sanitario. Lecturas para dejar de estar triste, lecturas para la esperanza.

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