La raíz poética del Cerro

Los participantes del III Paseo homenaje a la Escuela de Vallecas

Una mirada lírica al III Paseo homenaje a la Escuela de Vallecas

Por Juan Sin Credo

En la cima del Cerro pasea suave la brisa del aliento cálido de la tierra, donde las raíces arañan desesperadas el huracán del verso modelado en melodías sencillas, bajo el cuarzo resplandeciente de un soberbio sol de octubre, acompañado del frágil tintineo de unas hojas metálicas por siempre perennes. 

Faltaron algunas voces amigas como pájaros sin agua, seco el manantial de un compromiso para toda la vida con las causas de los perdedores. Desde la Colmena zumbaban sombrías las rimas del cancionero más popular, más urbano, más eterno. También se esperó, hasta el último momento, un soplo de incertidumbre que borró el definitivo rescoldo de algunas sonrisas, impidiendo la fragua de unas vasijas frágiles de arcilla. Otra, mucho más proteica, se creía una vieja zíngara en los bulevares del estío, con un estrafalario deseo de un romancero muy lejano

¡¡Tanta sed teníamos que nos bebimos el líquido de su ausencia!! Desde luego que se sufre de vértigo cuando tienes en tus manos el canto de un poeta de fama mundial, cuando el público espera una palabra reveladora que calme el instante de una mañana que empieza al pie de una estrella. Allí comenzó todo, desde un antiguo café de Madrid, degenerado en una franquicia de pollo frito, como cualquier otro Ramoncín malhumorado trabajando en un día festivo.

El viaje en suburbano se transformó en una algarabía de principios, una declaración de amor a la cultura. ¿Qué se verá desde los ojos de una escultura de bronce? ¿Escuchan los oídos una ‘Oda entre sangre y vino’? No. Nunca es suficiente, una y otra vez se queda pendiendo del hilo esa palabra encogida entre los recovecos de las muelas en un dolor inexplicable.

Los pasos siguen, uno tras otro, hacia lugares hostiles al caminante. ¡Ya se otea el Cerro! El puente de la circunvalación cimbrea en un sueño que se convertirá en pesadilla cuando dentro de un lapso de tiempo comience la fatalidad de la hora punta. ¿Qué fue de aquellas alamedas en la fresca sombra de su ramaje? ¿Qué fue de la arboleda perdida cuando Alberti recuerda a Alberto con un poema repleto de moldes, de harinas y de vientos?

Magia y emoción

En el parque forestal se produjo ya la magia, la emoción del espectáculo. Esperamos desesperados en la esperanza de la Tarara con los pies descalzos de la Musa. A veces Maruja Mallo abusaba del esdrújulo grandilocuente de una prosa alambicada en el laboratorio de un orfebre órfico dedicado a la alquimia en la búsqueda incesante del número áureo. Tres veces tres. Maruja, Alberto y Benjamín.

El Cerro solemne necesita del cuidado, al efecto acudimos a su llamada. Allí estaba la niña de las raíces con su mochila de huesos de alguna civilización remota en la planicie de una edad geológica indeterminada. Entonces empezó la caza, una tras otras aparecieron las hojas de las raíces retorcidas del óxido. Nuestras raíces apegadas a la tierra de Vallecas, estepa extensa de las tempestades y origen de un movimiento enlazado al vuelo de un verso libre de Pablo Neruda, bajo la meditativa melodía del ‘shruti box’.

(La Mesa de Cultura de Villa de Vallecas agradece la colaboración desinteresada de Rosario, Nati, Null, David y Mostrenco, sin olvidar, por supuesto, al Club de Poesía ViVa).

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