Por Ignacio Marín (@ij_marin)
Hay enfermedades que llegan de golpe. Otras lo hacen despacio, casi sin avisar. El alzhéimer pertenece a estas últimas. Primero se olvida una fecha, después un nombre, más tarde una conversación. Hasta que llega un día en el que lo que parecía un simple despiste se convierte en una enfermedad que va borrando, poco a poco, una parte de lo que somos.
En España, alrededor de 1,2 millones de personas viven con alzhéimer. Si contamos también a quienes cuidan de ellas, la cifra supera los cinco millones. Detrás de cada número, hay una familia. Una hija que reduce su jornada, un marido que deja de trabajar, un hijo que organiza su vida alrededor de las citas médicas, los centros de día y una pregunta que aparece una y otra vez: ¿cómo nos vamos a organizar mañana?
Porque enfermedades como el alzhéimer no afectan solamente a la memoria. Ocupan tiempo y esfuerzo. Horas de cuidados que recaen, en demasiadas ocasiones, sobre las familias. Y mientras tanto hay que trabajar, llevar a los niños al colegio y hacer la compra. Como si cuidar a una persona dependiente pudiera encajarse tras una jornada laboral. Y como casi todo, especialmente en nuestra región, depende de los ingresos.
Cuidar y acompañar no pueden convertirse en una condena para quien tiene menos. Por eso urgen servicios públicos suficientes y de calidad. Centros de día, ayuda a domicilio, plazas residenciales, atención especializada y apoyo real a quienes cuidan.
En Madrid, miles de personas esperan una plaza residencial o de centro de día para mayores dependientes. A 31 de agosto, eran 3.006 las personas en lista de espera para atención residencial y 2.946 para centros de día.
Tampoco podemos aceptar que acceder a una ayuda pública sea una carrera de obstáculos. Los trámites deben ser ágiles y sencillos. Cuando una familia ya está intentando aprender a convivir con una enfermedad cruel y progresiva, lo último que necesita es enfrentarse a más papeleo, esperas y puertas que no terminan de abrirse.
Una sociedad que cuida no deja solas a las familias cuando más lo necesitan. Ningún derecho debería depender de cuánto dinero tenga una familia. Y por desgracia, en nuestra región, entregada a la fiebre privatizadora y mercantilista, esto está a la orden del día. Lo cierto es que la Comunidad de Madrid no es un buen sitio para enfermar. Lo cierto es que la Comunidad de Madrid no es un buen sitio para casi nada.
Cuidar y acompañar no pueden convertirse en una condena para quien tiene menos. Por eso urgen servicios públicos suficientes y de calidad







