Por Araceli Domínguez
El camino hacia la interpretación rara vez responde a una línea recta. La actriz Aisa Pérez (A Coruña, 1992), vecina de Puente de Vallecas, encarna a la perfección esta idea de movilidad y aprendizaje constante, puesto que su formación abarca desde Galicia hasta Sevilla, pasando por Bélgica y acabando en Madrid.
Lejos de encasillarse en una única disciplina, su perfil se basa en el uso de diferentes lenguajes. «Cuanto más formado estés, mejor. Al final tocamos tanto danza, interpretación, como manipulación de objetos, de todo un poco», explica en esta entrevista con Vallecas VA. Esta amalgama de técnicas no solo enriquece el proceso de preparación previo, sino que otorga una versatilidad fundamental para afrontar la puesta en escena.
Uno de los capítulos más determinantes de su trayectoria reciente ha estado ligado a su paso por la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, una etapa que concluyó tras meses de intensas funciones en espacios tan emblemáticos como el Teatro Español. Enfrentarse a obras de gran repertorio como Lo fingido verdadero o La farsa y la licencia exige un esfuerzo físico y mental mayúsculo, tal y como ella misma reconoce al recordar las funciones: «sudamos muchísimo, bailamos, llevamos vestuario en directo… Es muy divertida, pero muchísimo muy exigente».
Aprender a decir el verso clásico implica asimilar normas específicas, destinadas a dotar al texto de una verdad orgánica. «Son una especie de normas para aprender a decir el verso, aprender a transmitirlo sin que suene antiquísimo. También es verdad que muchas veces intentan cambiar algunas palabras que ya no suenan, que ya ni entendemos el significado», explica.
Aisa Pérez: «Cuando estás como actriz en un espectáculo, también es importante saber cuál es tu lugar, estar pendiente del espectador, de que conecte»
En un contexto cultural dominado por las pantallas y la inmediatez digital, mantener la atención del espectador en una función de teatro clásico supone un doble reto. Para lograrlo, la complicidad entre el escenario y el público se convierte en el motor principal de la representación. «Al final, cuando estás como actriz en un espectáculo, también es importante saber cuál es tu lugar, estar pendiente del espectador, de que conecte», argumenta Aisa. Aunque tradicionalmente el público del teatro clásico ha estado compuesto por perfiles más maduros, el trabajo de las compañías jóvenes consigue acercar estos grandes textos a nuevas generaciones, demostrando que sus conflictos siguen vigentes.
Proceso creativo
La faceta analítica y la investigación escénica conforman el engranaje invisible del proceso creativo de Aisa. Partiendo del trabajo de mesa y el análisis textual, la construcción del personaje desde cero se alimenta de toda esa base teórica previa que ha conseguido a través de su formación. Sin embargo, tras consolidar una carrera principalmente basada en el verso, la mirada ya apunta hacia nuevas metas. «Explorar nuevos lenguajes como la prosa, géneros o formatos es algo que me apetece muchísimo para los próximos años», apunta. Asimismo, la incursión en el audiovisual se dibuja como un puente natural para conectar de forma más directa con sectores de público, que habitualmente consumen menos artes escénicas en sala.
Más allá de los focos y de los grandes coliseos dramáticos, la identidad también se construye en la calle, en el barrio. Con profundos vínculos en Puente de Vallecas, el pulso de la calle acompaña cada paso de su trayectoria.
Reivindicar la cultura desde los barrios y reclamar un mayor impulso institucional a nivel estatal se perfilan como tareas indispensables para garantizar que el arte siga vivo y al alcance de todos.








