Cuando la poesía vuelve a la calle

La XI Ofrenda a Federico García Lorca tuvo lugar el 18 de agosto con motivo del 90 aniversario de su asesinato

Por Jesús López

Hay poetas que se leen y poetas que siguen caminando entre nosotros. Federico García Lorca pertenece a estos últimos. 90 años después de su asesinato, sus palabras continúan buscando voces, lectores y lugares donde volver a pronunciarse. Quizá por eso Villa de Vallecas volvió a reunirse este verano, por undécima vez, alrededor de su memoria.

La XI Ofrenda Poética a Federico García Lorca, celebrada el pasado 18 de agosto, convirtió de nuevo el espacio que lleva su nombre en un lugar para la palabra, la música y la memoria. Hay algo especialmente valioso en que el homenaje suceda en la calle, en medio de la vida cotidiana, y no entre las paredes de un recinto reservado a especialistas. Lorca pertenece también a quienes lo leen, lo recitan y lo hacen suyo.

Y este año la palabra tuvo muchas formas. Se escucharon fragmentos de La casa de Bernarda Alba y, durante unos instantes, Bernarda y sus hijas abandonaron las páginas para recuperar sus voces. Escuchar aquel teatro al aire libre tenía algo de regreso a su origen: alguien habla, alguien escucha y entre ambos sucede algo. También se leyeron poemas de Lorca, porque su poesía necesita de la voz para completar ese viaje que comienza en el papel.

La música acompañó las palabras. El piano de Pedro Ojesto y el cante y el baile de Sonia Cortés recordaron que en Lorca la poesía nunca estuvo demasiado lejos de la música, del flamenco y de la tradición popular. Su obra nació muchas veces de esa frontera donde el verso comienza a convertirse en canción.

Me llamó especialmente la atención la presencia de Alberto Sánchez en el cartel de la ofrenda. No era una elección casual. Alberto permite establecer una conversación entre Lorca, el arte y Vallecas. Dos formas de entender el arte desde una voluntad de transformar lo cotidiano en creación.

Por eso esta ofrenda es algo más que un homenaje literario. Es también una forma de mantener vivo un territorio cultural. Un pueblo —aunque hoy forme parte de una gran ciudad— no se construye únicamente con calles, edificios y servicios. Necesita historias, símbolos, memoria y personas capaces de conversar con quienes estuvieron antes.

Quizá ahí resida el verdadero sentido de esta tradición que alcanza ya 11 ediciones. No en recordar simplemente que Lorca murió hace 90 años, sino en comprobar que todavía hay vecinos dispuestos a reunirse para leerlo. El recuerdo mira hacia atrás. La memoria, en cambio, necesita ser pronunciada para seguir viva.

En boca de la gente

Eso hace la ofrenda poética: devuelve a Lorca al espacio público. Lo saca de las bibliotecas y de las aulas y lo pone en boca de la gente. Un poema deja de ser entonces una página impresa y se convierte en una voz. Un fragmento teatral vuelve a ser palabra compartida. La literatura recupera su condición de acto colectivo.

Lorca sigue estando ahí: en sus poemas, en aquella Bernarda que vuelve a hablar, en la música, en el flamenco y también en ese Alberto Sánchez que desde el cartel nos recuerda la estrecha relación entre el poeta y Vallecas.

Al final, quizá una ofrenda poética no consista tanto en llevar algo a un poeta como en recibir algo de él. Y después de 90 años, Federico todavía tiene mucho que ofrecernos.

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