Agapito Morán, un padre, un jefe, un guía, un consejero

Por Javier Morán
Dejó de estar entre nosotros el pasado 4 de septiembre. Agapito, como gran persona que llegó a ser, no sólo perdurará en el recuerdo y en el corazón de muchas personas, sino que nos dejó un gran legado entre nosotros que ahora a otros nos toca, no solo cuidarlo, sino hacerlo más grande y mejor como a él le hubiera gustado.

Como nos recordaron en la misa de su funeral, sus dos grandes pasiones fueron su familia y su trabajo. Y a continuación os contaré la pequeña gran historia de su vida de poco más de 91 años.

Agapito nació en un pequeño pueblo de las montañas del Bierzo, en León. Fue el segundo de nueve hermanos. Después de años difíciles, como fueron los de la Guerra Civil y la posguerra, de ir brevemente al colegio donde me reconoció no era un buen estudiante y de hacer tareas de pastor, él mismo me dijo “esto no es para mí”. Así pues, cogió su maleta de madera con un traje, camisa blanca y una corbata y se vino en tren en tercera clase a Madrid para aprender un oficio, el de carnicero, que en el futuro fue su negocio y su pasión.

Comenzó en una carnicería en la calle Acuerdo. Trabajaba todo el día, aprendía un oficio, fregaba y dormía debajo de la carnicería. Eso era toda su vida. Arriba, en la carnicería trabajaba, repartía pedidos en una bicicleta y debajo de la tienda, dormía. Fueron años duros. Entre recuerdos de su pueblo, superó el frio, el hambre y las penurias de un Madrid pobre para aprender un oficio y desarrollar posteriormente su futuro en el Mercado del Puente de Vallecas. Un gran mercado con mayúsculas, próspero en aquel entonces por ser un lugar donde mucha inmigración venida de Andalucía y Extremadura fundamentalmente creó el barrio de Vallecas y donde todo lo que ganaban, lo gastaban en comida en dicho mercado. Agapito empezó allí. Con poco dinero y pidiendo prestado el resto, pudo alquilar el puesto de la esquina, Los claveles le llamaban, el puesto 31 del gran Mercado del Puente de Vallecas.

A las 4 de la madrugada

Se levantaba a las 4 de la madrugada, se iba al Matadero de Madrid a comprar, donde se hizo un espacio y donde en la época de los cupones, restricciones, estraperlo…, se hizo un nombre reconocido. Su habilidad como carnicero, su labia con el público vendiendo, su agilidad cortando y su profesionalidad con formas y técnicas que se salían de lo tradicional hizo que pudiera devolver el dinero prestado antes del vencimiento, pero con todos los intereses como agradecimiento. Ese dinero le permitió pagar su primera tienda, independizarse y poder alquilar su primera casa al lado de la Plaza Vieja con su mujer, Pepita, mi madre, con quien compartió más de 64 años de trabajo, esfuerzo, sacrificio y momentos muy duros, pero pudo sacar adelante a su familia y darnos a todos un futuro, un gran futuro de calidad y mucha satisfacción.

Así empezó Carnes Morán, con valores como el trabajo, el esfuerzo y el respeto a las personas. Agapito adquirió otra tienda y otra y otra en un Madrid donde crecían los barrios, los mercados y las galerías comerciales. Contrató carniceros para todas ellas y fue creciendo el negocio. Carniceros de gran valía personal y profesional que le acompañaron muchos de ellos hasta nuestros días. Su gran activo, “su gente”.

Al cabo de los años, diversificó, en un primer momento con uno de sus hermanos, con una sala de despiece de cerdo, Hemosa, una de las principales de Madrid en su momento. Y posteriormente, gracias a su capacidad y visión, desarrolló una industria cárnica para poder distribuir todo tipo de carnes a la hostelería y a colectividades, pero nunca se alejó de su auténtica pasión que eran las carnicerías como las que están ubicadas en el Mercado del Puente de Vallecas, en la avenida de San Diego, en la galería de Pedro Laborde y otras ya fuera de nuestro barrio.

Agapito, a pesar de sus años se paseaba todos los días por sus tiendas, por la sala, por la oficina y hablaba, disfrutaba con todos, empleados, clientes y amigos. Siempre con su traje y su corbata compartía el día a día con todos nosotros hasta que un día sus fuerzas le fallaron. Un padre, un señor, un empresario… que, con humildad y sencillez, apareció y un día nos dejó, pero que nos acompañará el resto de nuestras vidas.

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