Por Juan Sin Credo
Vargas Llosa tituló su primera novela «La ciudad y los perros». Nunca imaginaría que aquel título acabaría adquiriendo un sentido casi literal en lugares como el Ensanche de Vallecas.
Basta salir a pasear por sus amplias avenidas para encontrar perros en parques, portales, terrazas y aceras. A veces uno tiene la impresión de que la ciudad ya no está pensada para las personas y observa, atónito, el desfile de canes y dueños para preguntarse quién pasea a quién.
Los primeros proliferan a una velocidad que haría palidecer cualquier estadística. Resulta más fácil encontrar un vecino con mascota que con hijos. Tener descendencia exige colegios, pediatras, paciencia y una inversión que da vértigo. El perro tampoco sale barato: veterinario, peluquería, alimentación especializada, juguetes, camas, correas y seguros. La industria de las mascotas ha encontrado un filón extraordinario.
Nada tengo en contra de estos animales. Durante siglos fueron compañeros fieles, ya que ayudaban a cazar, cuidaban el ganado y vigilaban las casas. Había algo hermoso en aquella relación sencilla. Hoy, sin embargo, el perro ha pasado de compañero a fetiche. Y uno no puede evitar cierta melancolía cuando contempla un galgo, criatura nacida para correr, encerrado en 50 metros cuadrados, mientras su dueño le compra un abrigo para el paseo nocturno de cinco minutos.
Pero esa nueva relación no termina en casa. También ha cambiado nuestra manera de ocupar los espacios comunes. El parque se ha convertido para algunos en una prolongación de su hogar, a la vez que los demás tenemos que acostumbrarnos a compartir ese territorio con animales sueltos, carreras inesperadas y algún que otro regalo sobre el césped.
Muchos cumplen con su obligación y recogen lo que es suyo. Otros parecen confiar en que la ciudad dispone de un servicio de limpieza especialmente dedicado a sus mascotas. Y en el verano llega el perfume con un hedor democrático que no distingue entre clases sociales.
La comedia se completa en el portal. Se abre la puerta del ascensor y aparece un ladrido intimidatorio, como si acabara de descubrir que nuestra persona es el enemigo público número uno. El dueño permanece tranquilo. El animal insiste. Uno aprieta el botón y se pregunta si deberíamos constituir una comunidad independiente para canes.
Cuestión de dueños
Y en esta cuestión está el verdadero asunto. No se trata de los animales, sino de sus dueños. Un perro bien cuidado y educado forma parte de una ciudad amable. Cuando los ladridos se toleran, los excrementos se abandonan y cualquier comportamiento se disculpa porque «es que es un perro», la convivencia empieza a tener cuatro patas y poco sentido común. Quizá aquí se encuentre la diferencia entre «La ciudad y los perros» y «La ciudad de los perros»: no es que haya demasiados animales entre nosotros, sino que algunos de sus dueños han olvidado que la ciudad pertenece a todos.







