Vivencias de la COVID-19: Obligados a salir siendo mejores personas

Nacho, vecino de Santa Eugenia, cuenta a Vallecas VA como es su día a día, su batalla diaria contra el silencioso inquilino que, sin la certeza siquiera de un positivo confirmado, se ha instalado en su organismo y en su vivienda, el coronavirus.

“¿Y si lo que tengo en realidad no es COVID-19? Desde hace varias semanas, no hay día que pase sin que me haga esa pregunta. Sin embargo, tampoco le dedico demasiado tiempo. Mis síntomas son leves y hasta me siento egoísta por preocuparme por ellos, en un momento en el que este virus devasta familias y se ceba, de un modo especialmente crudo, con las personas mayores.

El primer momento en el que fui consciente de que algo no iba bien fue la noche del 8 al 9 de marzo. Los dos días anteriores había tenido algo de tos, un ligero dolor de cabeza. Nada que no me acompañe otros meses de marzo cuando el invierno se resiste aún a despedirse. En un clima de alarma social creciente, sí opté por aumentar algunas de las medidas de protección, como toser en el codo. Por si acaso. Pero con tan poquitos casos confirmados, ¿cómo iba a ser yo justo uno de ellos?.

Esa noche, sin embargo, empecé a sentirme mal de verdad. Me recorrían constantes escalofríos y tenía bastante fiebre. Fui incapaz de conciliar el sueño dos horas seguidas y a las siete de la mañana decidí que lo más prudente era llamar al teléfono de la Comunidad de Madrid. Tras cinco intentonas sin dar señal, desistí. Por la radio sabía que se había empezado a recomendar no acudir a urgencias salvo en caso de verdadera necesidad. Y de momento, no lo era. Se trataba de síntomas similares a los de la gripe. Paracetamol, manta y paciencia. Acababa de empezar un confinamiento voluntario que a los pocos días iba a tornarse forzoso para todo el mundo.

Los días siguientes no tuve fiebre, pero estuvieron marcados por un fuerte dolor de cabeza, acompañado de mareos puntuales, un malestar general y un dolor muscular considerable. Y una tos persistente, que si bien ha remitido en cuanto a frecuencia, no me ha abandonado completamente a día de hoy. Poco a poco, el resto de síntomas fueron desapareciendo, salvo el dolor de cabeza, especialmente apreciable a última hora del día. Por ese mismo motivo, he estado un mes con paracetamol. 

Visita al hospital

No fue hasta cumplido ese mes cuando visité por única vez el Hospital de Vallecas, nombre que, sin entrar en polémicas, considero mucho más justo y adecuado a los méritos de cada cual. Y es que, las primeras semanas me mantuve firme en mi decisión de no recurrir a la ya saturada red sanitaria. Me bastó sobradamente con la preocupación y consejos de varias amigas y conocidas médicas, que aún tenían tiempo de escribirme después de jornadas interminables luchando a cara de perro contra la enfermedad. Personas ejemplares dentro y fuera de hospitales y centros de salud. A las tres semanas llamé a mi ambulatorio para informarles que tenía síntomas compatibles. Una semana después, un doctor me llamó y, al ver que no persistían una intensa tos y el dolor de cabeza, me recomendó que me acercara al hospital para que me hicieran una placa. Así, el 7 de abril rodeé las vías que incomprensiblemente nos separan de nuestro centro hospitalario y allí me descartaron que tuviera neumonía, confirmándome que los síntomas encajaban con ese maldito nombre que todos hemos aprendido a la fuerza. Aunque probablemente nunca lleguemos a saber si lo hemos tenido.

A día de hoy, la tos prácticamente ha desaparecido, aunque al hablar por teléfono aparece de vez en cuando. No así el dolor de cabeza, que suele visitarme antes de acostarme. Precisamente hoy me ha llamado una enfermera del Cerro Almodóvar, el centro de salud al que pertenezco, y al que da nombre ese emblema vallecano que veo desde la ventana de mi salón. Más verde y solitario que de costumbre, apenado seguro de que este año no vayamos a comer tortilla a sus pies en el día de San Marcos. Seguirán llamándome semanalmente desde el centro de salud, pero la evolución parece tan lenta como favorable. Nunca me he quejado por la gravedad de mi estado, ya que soy muy afortunado. De su pesadez sí, porque si tuviera que definir mi experiencia con una palabra sería extremadamente pegajosa.

El alivio de la soledad física

En cuanto a mi estado anímico, todo esto ha venido en un momento de cambios en mi vida. A punto de iniciar un nuevo proyecto profesional, llevando poco tiempo en mi piso y con más preguntas que respuestas. Lo primero, obviamente y como le sucede a tantas otras personas, ha quedado parado, al menos temporalmente. El trabajo es fundamental, pero a veces toca parar. En cuanto a la soledad física, a pesar de lo que pudiera parecer, no la llevo mal. Estoy pudiendo pasar la cuarentena en toda la casa, sin necesidad de preocuparme de contagiar a ningún ser querido con el que pudiera compartir hogar. Y eso es un alivio. Mis salidas son absolutamente excepcionales y extremando siempre las medidas de seguridad: ducha previa, ropa limpia, lavado de manos justo antes de salir, mascarilla, dobles guantes en el supermercado y evitando manipular pomos en las zonas comunes. Conductas interiorizadas hoy en día pero impensables hace apenas cuatro meses, cuando dábamos la bienvenida a este 2020 que será, seguro, de infausto recuerdo.

Y anímicamente, bien. Con un par de excepciones. La primera era mi estilo de vida, en el que otorgaba a pequeñas citas de cada semana la condición de absolutamente ineludibles. Y he comprobado que nada lo es. Asumirlo y confiar me han regalado mucha tranquilidad. La saturación de determinados canales de comunicación, especialmente whatsapp, también me generó momentos de una cierta ansiedad. Conseguir dejar respondidas todas las conversaciones y volver a encontrarte con 25 o 30 nuevos chats abiertos al volver a coger el teléfono me provocó un cierto agobio, algo que también he conseguido resolver. 

Y desde luego me quedo con lo positivo. La disposición y la preocupación por mi estado que me han trasladado vecinos, compañeras, amigos y familiares. Los aplausos a tantos hombres y mujeres que nos sostienen con su labor diaria, unas veces más visible y otras menos, pero siempre constante y firme. Sinceramente creo que hemos desarrollado otra manera de relacionarnos, a través de la distancia y de los balcones y ventanas que nos rodean. Las videollamadas, de las que destaco especialmente las que mensualmente mantengo con los niños y niñas del grupo el que soy catequista y que, por cierto, deberían recibir su primera comunión en pocas semanas. Mención especial me merecen los más pequeños, cuya responsabilidad y madurez en este momento tan complicado tendrían que hacer sonrojar a muchos adultos. Por descontado, también mi fe me está ayudando mucho en este momento. Muchas cosas positivas. Al final, incluso en unas circunstancias tan adversas, estamos rodeados de cosas buenas que muchas veces, por el hecho de que siempre están ahí, no sabemos valorarlas. Desde luego que a mí también me cuesta verlas, pero creo que he avanzado en esa tarea y el resultado me está haciendo mucho bien.

Impotencia y manos atadas

Y hay una última cosa que, de muy frustrante, se ha convertido en todo lo contrario. Si algo me pesaba al principio era la certeza de que saber que se necesitan manos y que las mías están absolutamente atadas. Impotencia, por resumirlo en una palabra. ¿Qué puede hacer una persona que no sale de casa y al que acompaña un dolor de cabeza gran parte del día? Intenté responder a esa pregunta y acabé volviendo a mis orígenes, los de estudiante de Psicología. Y eché mano de un instrumento, que si bien he comenzado a detestar parcialmente, tiene otras funciones además de whatsapp. Y así escribí una lista de personas que tengo en mi agenda telefónica y con muchas de las cuales llevaba meses sin tener contacto. Pero hay decenas y decenas de personas, seguramente como consecuencia de años participando del día a día del distrito. De este modo, empecé a llamar a quienes sospechaba que podían encontrarse en situación de soledad no deseada o, simplemente, necesitar mantener una conversación. Afortunadamente han sido pocos los conocidos que he encontrado en esa situación. Aunque ha habido unos cuantos. Tampoco sé si realmente les he ayudado en algo. Pero sí tengo la tranquilidad de que he intentado aportar en lo poco que me permiten las circunstancias. Ojalá reciba pronto el alta médica y pueda colaborar presencialmente de alguna de las múltiples iniciativas que hay en el barrio.

Sin siglas ni afanes

Y en ese sentido, quiero destacar el Grupo de Cuidados de Villa de Vallecas, partiendo de la base de que he podido participar muy poco. Vecinas y vecinos que, autoorganizados y sin un soporte institucional, dedican su tiempo, recursos y habilidades en hacer la vida más fácil a quienes lo necesitan, y también a quienes trabajan en hospitales, residencias o centros de salud y no cuentan con la protección que deberían tener. Como decía, mi única aportación se ha limitado a sumarme a un grupo de apoyo psicológico en el que además no ha sido necesario activarme, y en poner en contacto, digamos, a personas que podían dar con las voluntarias que se encargan de entregar. Lo que ha estado en mi mano, cierto, pero absolutamente insignificante en comparación con tantos héroes y heroínas que viven en nuestros barrios. Y además, en estos días en los que a todo se le pone precio y nombre, lo hacen sin protagonismos, siglas ni afanes. Por su Vallecas y sus vecinos y vecinas.

Habrá quien se sienta identificado en algo con mi vivencia de la enfermedad o del confinamiento, tanto en lo físico como en lo psicológico o en lo social. Muchas otras personas, en cambio, no habrán vivido nada similar. No deja de ser una historia más, que se entrelaza con tantas y tantas otras, muchas de las cuales se han visto truncadas por este maldito virus. Solo me queda un pensamiento, que oscila entre el deseo y la convicción dependiendo de lo optimista que me levante, y es que, después de todo esto, estamos obligados a salir de casa siendo mejores personas”.

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