Para que respire la ciudad se necesita el campo

Por Juan Sin Credo

La ciudad de Madrid devora los campos del extrarradio en un crecimiento insaciable que conduce irremediablemente hacia una progresión infinita, cuyo fin último es el triunfo imperioso de un modelo económico basado en la especulación inmobiliaria con un mercado laboral intermitente. No hay nada más que observar nuestro reciente pasado, que culminó con el pinchazo de una siniestra burbuja, arrojando a miles de trabajadores a las cunetas de la lista del paro y a miles de propietarios al desahucio y la pobreza. Pan de hoy, hambre del mañana.

Sin embargo, una década después del desastre se vuelve de nuevo a la carga, siendo incapaces del mínimo sentido crítico, volviendo a repetir una y otra vez el mismo error, depositando en el sector de la construcción el futuro efímero de una nueva edad dorada de la precariedad para la clase trabajadora. El despropósito no es otro sino el Plan Parcial UZP 3.01, también denominado “Desarrollo del Este-Valdecarros”, que se convertirá en la mayor actuación urbanística de España y que construirá, dentro del término municipal de Madrid, más de 51.000 viviendas en una superficie de 19 millones de metros cuadrados, en las que albergará en torno a 150.000 habitantes.

La justificación de este desvarío se argumenta desde dos causas principales: el agotamiento del stock de viviendas de compra libre y el incremento de la población de Madrid en 200.000 mil habitantes de cara a 2031. Puede que estén en lo cierto, seguro que los datos que manejan son correctos, aunque el clamor que se plantea consiste en ofrecer un cambio en el modelo de desarrollo. 

¿Ocurrirá en este plan urbanístico la misma situación que sucede en el Ensanche de Vallecas, que carece de los servicios mínimos para la seguridad, educación y sanidad de sus vecinos, 13 años después de que comenzaran a habitar sus viviendas en propiedad? Incluso se podría llegar mucho más lejos, poniendo en tela de juicio la aniquilación total de una de las señas de identidad de la cultura patrimonial de la Villa de Vallecas, fulminando sus últimos terrenos agrestes de gran riqueza geológica, que dieron forma a las canteras de yeso, explotadas desde bien entrado el siglo XVIII hasta gran parte del siglo XX.

Por otro lado, eliminaría la posibilidad de contemplar esa belleza de la naturaleza que brota con unos barbechos repletos de alondras, decenas de milanos planeando su vuelo sosegado por el cerro que lleva su nombre o los busardos ratoneros que majestuosos inician su vuelo en los abandonados campos de labor donde se sembraba el trigo del pan de Vallecas. Incluso se perdería ese olor en ráfagas que se percibe por estas fechas de los numerosos almendros desparramados por estos antiguos labrantíos; sin olvidar, por supuesto, el tomillo, ese tomillo que se agarra áspero desde la profundidad del yeso para emerger en un aroma intenso y terroso.

‘Palabras de un escultor’

Un tomillo vallecano con historia, como aquella que aparece en el libro ‘Palabras de un escultor’ que recopila una serie de textos de Alberto Sánchez, fundador junto a Benjamín Palencia y Maruja Mallo a finales de la década de los 20 del pasado siglo, de una extraordinaria corriente artística de vanguardia denominada Escuela de Vallecas. Este libro se encuentra en los anaqueles de la biblioteca Gerardo Diego, en una sección especial que recoge una serie de títulos relacionados con el distrito. Tal historia del tomillo aparece en ‘Cuartillas leídas en un homenaje a Miguel Hernández’; un tomillo que, en manos de Miguel, aun arrancado, subsiste profunda y limpiamente en la memoria sin que nadie pueda silenciarlo.

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