No hay vacuna para lo nuestro

Por Ignacio Marín (@ij_marin)

En las últimas semanas hemos sido testigos de la sucesión de anuncios de vacunas. Nos familiarizamos con los porcentajes de efectividad. Hasta aprendimos a pronunciar correctamente los nombres de las farmacéuticas. No es para menos, la vacunación parece ser la única esperanza para acabar con esta crisis que se cierne sobre todos y cada uno de los habitantes del planeta. Pero, cuando esta bruma comience a disiparse, nos daremos cuenta de que los nubarrones más oscuros siguen estando ahí. Un sistema económico, depredador y desigual, que ha mostrado su peor cara durante los últimos meses. Es una pandemia para la que parece no haber cura. O al menos nadie que se atreva a combatirla.

Hace poco más de un mes, una noticia pasó desapercibida. Nada menos que la ONU alertó que la “explotación insostenible” de recursos es la culpable, no solo del cambio climático y de las extinciones masivas, sino también de la irrupción de nuevas enfermedades, como la pandemia de Covid-19 que sufrimos en la actualidad. Un capitalismo salvaje que responde, según las Naciones Unidas, al “crecimiento exponencial del consumo y del comercio”. Una priorización de los intereses económicos que genera destrucción y miseria por doquier, perpetuando las desigualdades y aumentando la brecha de recursos.

“No se han diseñado mecanismos para proteger a los más débiles. Ni se hizo en 2008 ni se hará ahora”

En Vallecas conocemos bien los efectos de esa lacra llamada neoliberalismo. Décadas de desmantelamiento de los servicios públicos, precisamente en aquellos barrios donde más lo necesitan, han provocado que centros sanitarios como el Hospital Universitario Infanta Leonor de Vallecas fueran de los que más sufrieran los días más negros de la crisis. Hace algunas semanas, los vecinos se echaron a la calle exigiendo el refuerzo del personal sanitario de este centro y la puesta en marcha de las 90 camas hospitalarias y 14 de UCI que se encuentran cerradas en la tercera planta.

Un sistema que sufrimos hasta en el aire que respiramos a cada segundo. Antes de la aparición de la pandemia, luchábamos contra otra peste, menos letal pero también mortal, la incineradora de Valdemingómez. A pesar de que su contrato de explotación venció en junio, continúa emitiendo a diario contaminantes cancerígenos, de tal modo que los vallecanos sufrimos el triple de dioxinas y furanos que los habitantes del barrio de Salamanca.

Un sistema que prioriza la investigación privada, dejando nuestro futuro en manos de las empresas, cuyos únicos objetivos son sus beneficios. No hay mejor epítome del capitalismo que el consejero delegado de Pfizer vendiendo la mayoría de sus acciones el mismo día en que se publicaron los resultados de la vacuna.

Un sistema que muestra una y otra vez sus costuras, pero que nuestros políticos se empeñan en remendarlas, distrayéndonos mientras con frivolidades. No se han reforzado ni los servicios sanitarios ni los sociales. No se ha debatido sobre el modelo productivo ni fiscal. No se han diseñado mecanismos para proteger a los más débiles. Ni se hizo en 2008 ni se hará ahora. Hemos vuelto de nuevo a la casilla de salida. No tenemos arreglo.

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