Los límites de la obscenidad

El individualismo, la falta de empatía o el egoísmo han pasado a ser vistas como virtudes envidiables en esta sociedad enajenada

Por Ignacio Marín (@ij_marin)

El ser humano sorprende por la capacidad que tiene para sobrepasar límites considerados insuperables. Es el caso de los límites del dolor y del sufrimiento, tenemos, por desgracia, numerosos ejemplos entre los niños refugiados de conflictos bélicos como Palestina, Siria o el más reciente de Ucrania. Nadie puede imaginar que criaturas tan presumiblemente frágiles, sean capaces de aguantar esos niveles de dolor.

Otros límites que nos resultan inconcebibles son los de la codicia. Es un mundo en el que la inmensa mayoría de la población sufre privaciones, descubrir personas con una obsesión enfermiza por la ostentación y la opulencia resulta ya obsceno, insultante.

También son sorprendentes los límites que tienen los ciudadanos para soportar la indignación ante las injusticias que nos rodean. El desfalco de los recursos públicos es un ejemplo. Recursos destinados a mejorar la vida de todos, a garantizar la igualdad de oportunidades, la justicia social, a menguar las desigualdades que nos rodean. Recursos menguados y dilapidados por intereses personales, por intereses económicos puestos al servicio de los que quieren que la sociedad funcione a su antojo… aún más.

En los últimos meses, esos límites parecen haberse diluido en la Comunidad de Madrid. Primero fue el más que sospechoso juego de comisiones entre el gobierno de la región y el hermano de la presidenta Díaz Ayuso en un contrato para la adquisición de mascarillas por 1,5 millones, y que le supuso la nada desdeñable cifra de 55.000 euros.

El caso más mediático y escandaloso se descubría hace algunas semanas. Los comisionistas Luis Medina y Alberto Luceño se embolsaron seis millones de euros por vender material defectuoso al Ayuntamiento de Madrid. Seis millones de euros que se apresuraron en gastar de manera terriblemente obscena: un Ferrari, un Lamborghini, un Rolex o un yate. Jamás entenderé qué resortes del ser humano, cuántos complejos insatisfechos pueden llevar a una persona a un consumismo tan enloquecido en una sociedad en la que crece sin freno la pobreza y la desigualdad. El individualismo, la falta de empatía o el egoísmo han pasado a ser vistas como virtudes envidiables en esta sociedad enajenada.

Si eso fuera poco, todo ocurrió en el momento álgido de la pandemia, con cerca de un millar de muertos diarios, con los ancianos en las residencias condenados a morir solos por una gestión exclusivamente mercantilista, con los sanitarios creándose trajes de protección con bolsas de basura. Siempre hay, en toda crisis, quien es capaz de sacar rédito del sufrimiento de sus semejantes.

Cuando se les pide explicaciones, los dirigentes se revuelven como jabalí herido, atacando al Gobierno central, denunciado una persecución. Una especie de, en palabras de Ayuso, causa general diseñada desde la izquierda. Como si la Fiscalía perteneciese a un difuso ente marxista y masónico. Como si fuéramos capaces de olvidar que, como indican varias sentencias, que el objetivo de algunos siempre ha sido el de lucrarse.

Pero sí, somos capaces de olvidarlo. Hoy, con las heridas de la pandemia aún supurando, el sistema público de salud se encuentra todavía más privado de recursos, las residencias son más vulnerables y, en definitiva, el plan privatizador de los servicios públicos continúa inexorablemente hacia su objetivo final: que los que menos tienen, terminen teniendo nada. En el Madrid de la libertad parece que la obscenidad no tiene límites.

 

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