La libertad en el bolsillo

Una parada del 102

Por Antonio Osuna

Cuando me alcanzó la adolescencia mi cuerpo sufrió varios cambios: cambió la voz, nació pelo donde antes no había, mis hormonas se desataban más que mis propios cordones, y mi actitud tornó en una rebeldía injustificada. Creo que a todos nos pasó lo mismo, año arriba año abajo, pero también llegó algo con lo que no contaba, bueno, si contaba con ello pero no llegó hasta ese momento. El abono transporte. ¡Qué libertad! Era como el erasmus del pobre… Recuerdo la primera vez que lo tuve en mi mano, con aquella foto de hombre a medio hacer y pensé – No hay quién me pare. – Al poco tiempo supe que tenía el abono A y mi libertad sí se paraba al final de la línea, pero de todas formas, podía moverme por Madrid a mi antojo enseñando ese plástico que ocupaba medio bolsillo. Bienvenido al fin de la infancia.

No tenía muy claro mi rango de acción, ¿hasta dónde era libre en el tren? ¿Cuándo me convertía en polizón sin saberlo? Lo que sí tenía más que claro era el autobús que cambio mi vida. Al cual, creo que toda mi generación debería dar un homenaje: 102. Gracias por tanto.

Y digo esto pues fue quien nos redescubrió la libertad del Centro, mucho antes de la parada de Renfe en Sol existían dos opciones desde Entrevías, 102 hasta Atocha, o 111 hasta Puente de Vallecas y desde ahí metro. Era como los dos bandos, la discusión cuando salíamos en grupo. Al final se resolvía de la misma manera: – El primero que llegue.  – Pero para mí el autobús 102 tenía algo especial y siempre esperaba que fuera él quien girase antes la esquina. (No porque me pillara más cerca de casa, qué también).

Lo que me gustaba del 102 era que de noche se transformaba, como un superhéroe. 102 de noche se convertía en N11, ya no paraba en Atocha, sino en Cibeles, pero prácticamente el recorrido era el mismo, es decir, que tenía servicio 24 horas de transporte ilimitado al Centro con esa tarjeta que apenas cabía en el bolsillo. Ya no solo redescubrí el Centro, sino la noche de Madrid, las esperas en Cibeles, las salidas en masa, las canciones y los griteríos, los viajes de vuelta esperando no vomitar ahí dentro. Qué se lo digan a Argüelles… Hordas de 20 adolescentes cada semana en peregrinaje al mismo sitio. Era como Lourdes pero al revés, salíamos bien y volvíamos perjudicados. Pero así es la adolescencia; una etapa de autoconocimiento y de expansión social, de conocer tu ciudad, de saber que mañana siempre será diferente. Y todo eso gracias al 102. O más bien gracias al abono, o a quién lo pagaba en ese momento, o… Da igual, gracias de todas formas. 

 

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