Estilos de crianza, la parentalidad positiva

Por Concha Párraga, Marisa Gascón y Patricia Carlavilla, enfermeras de los CS Campo de la Paloma y Ángela Uriarte, y del Servicio Móvil Madrid Positivo

En la Declaración de los Derechos De los Niños de 1959, en su principio número 6, dice que los menores tienen derecho al pleno y armonioso desarrollo de su personalidad y para ello necesitan amor y comprensión. Así mismo, en el principio número 7, se fija el derecho a la educación y, por supuesto, el derecho al juego.

Los niños y las niñas son nuestro futuro y es nuestro deber como adultos dotarles de todas las herramientas que estén en nuestro alcance para que puedan desarrollarse en un marco de paz y crecimiento personal. La responsabilidad en primera instancia es de los padres y, en segundo lugar, de las instituciones.

Cuando hablamos de educación, hablamos de educación desde el minuto cero de la vida de nuestros hijos y no podemos pretender empezar a educar cuando llegamos a la preadoslescencia o adolescencia. Esta empresa empieza el día en que nacen y acaba (si es que acaba, ya que en esto hay múltiples teorías) cuando ellos caminan su vida ya en solitario.

Cuando hablamos de educación, no estamos hablando exclusivamente de la educación reglada que se ofrece en los centros escolares, estamos hablando de educación en todas las esferas de la vida. Para ofrecerla los padres podemos utilizar diversos estilos de crianza o estilos parentales.

Los estilos de crianza o parentales son las construcciones psicológicas con las que los adultos generamos estrategias para la crianza de nuestros hijos. Por tanto, son los modos con los que los padres educan a sus hijos y aplican las normas a seguir en la estructura familiar y se construye el tipo de autoridad para la educación. Hay diferentes tipos de estilos de crianza y diferentes tipos de estilos educativos, como el democrático, el sobreprotector, el autoritario o el negligente.

Teniendo en cuenta que lo fundamental en la crianza de nuestros hijos es el bien superior del menor (no debemos educar en base a lo que he vivido en mi niñez), deberemos plantearnos la crianza en la elaboración de pactos entre los progenitores para consensuar cuál queremos que sea nuestro modo de educar.

Hoy en día todos los estudios serios en educación avalan que el mejor método de crianza está dentro del seno de la parentalidad positiva, por lo que debemos ofrecer a los padres y madres de nuestras consultas y de nuestras comunidades las herramientas necesarias para poder trabajar con sus hijos dentro de ese patrón parental.

La parentalidad positiva

Pero, ¿qué es eso de la parentalidad positiva de lo que tanto se habla en estos momentos en todos los foros por educadores, sanitarios, redes sociales?

La parentalidad positiva se refiere “al comportamiento de los padres fundamentado en el interés superior del niño que cuida, desarrolla sus capacidades, no es violento y ofrece reconocimiento y orientación que incluyen el establecimiento de límites que permitan el pleno desarrollo del niño.

Además, genera vínculos afectivos fuertes y proactivos en un entorno de crianza bien estructurado que ayuda para la capacitación para la vida de hoy y de futuro de los niños y las niñas basándonos en el reconocimiento de sus logros personales y estimulando los esfuerzos, pero siempre desde un punto de vista positivo.

Nuestros hijos precisan de normas para crecer dentro del marco de la no violencia. Pautas de conducta claras y coherentes que nos permitan crear un ambiente de protección con normas democráticas y favorecedoras para el crecimiento personal. Jamás las normas se imponen “porque yo lo digo o porque siempre se ha hecho así”.

Es importante poner límites que les sirvan de guía y camino por donde puedan transitar. La cuestión es cómo ponemos esos límites y trabajarlos dentro del marco de la parentalidad positiva es fundamental. Respetarles, escucharles, pero enseñarles a respetar y escuchar igualmente.

Las normas no democráticas o inconsistentes lo único que van a generar en el futuro es una grieta enorme en la comunicación paterno filial muchas veces insalvable de por vida.

Evidentemente, las normas no son inamovibles, pueden cambiar, pero siempre por un algo justificado. No a la primera de cambio y, desde luego, tiene que estar muy definido el motivo de los cambios, ya que otro modo solo va a favorecer el desasosiego y la frustración. Los cambios siempre tendrán que ir de la mano de una nueva necesidad educativa, no de los cambios de necesidad de los padres.

Planificación y autoría conjunta

Para poder establecer normas y que éstas se cumplan y sean constructivas debemos hacerlo de una forma planificada donde tanto los hijos como los padres sean coautores de estas normas. No debemos generar normas en momentos de ofuscamiento por ninguna de las partes y siempre nacerán del diálogo.

Explicaremos a nuestros hijos porqué establecemos estas normas, los motivos que nos llevan a ello y, por supuesto, estableceremos siempre a priori las sanciones que vamos a poner en el caso de no cumplimiento y que serán acordes a la norma que queremos aplicar. Intentaremos explicar a los niños el porqué de las normas y de las sanciones y escucharemos las posibles negociaciones por parte de ellos, generando el equilibrio para que se pueda llegar al cumplimento de la norma. Así, la sanción será relativamente proporcional a la gravedad de los hechos.

Hablar con nuestros hijos es fundamental y no debemos imponer normas unilateralmente. Lo importante de todo esto es que se habla con nuestros hijos e hijas a priori, por lo que ellos ya sabrán de antemano qué consecuencias tendrá el no cumplimiento de las normas.

Es obvio que las normas se establecen por parte de los dos progenitores y no sirve de nada que uno diga una cosa y el otro después haga otra cosa. Eso solo conllevará desconcierto en los menores que no ayudará en absoluto en la educación. Al revés, se convertirá en un elemento distorsionador.

Educar a nuestros hijos está claro que es el mayor reto de nuestras vidas y muchísimas veces uno mismo pone en tela de juicio si lo estaremos haciendo bien o no. Tener un método claro de crianza nos puede ayudar a tener objetivos más claros en el camino hacia el futuro de la mano de nuestros hijos e hijas.

Educar es cuidar, es acompañar en el crecimiento personal, es ir de la mano, pero dejando caer para poder aprender. Educar es amar y amar significa dar herramientas para la libertad.

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