Conversando con poetas

La poetisa Ana Rossetti

ROBERTO BLANCO TOMÁS.

Vallecas Calle del Libro cuenta este año con dos autores de referencia: Carlos Álvarez y Ana Rossetti. Para conocerles un poco mejor, les hemos hecho una entrevista “a dos bandas”, que reproducimos a continuación resumida.

 

En sus propias palabras, ¿cómo se definiría?

C.A.: Yo me veo como un enfermo de timidez, con muchas dificultades vitales y, eso sí, una gran preocupación por el destino de los seres humanos en general, lo que no resulta incompatible con una paradójica indiferencia ante el vecino, quizá debido a la timidez, que me impide entrometerme y preguntar. Creo que soy un intruso en la literatura, por las razones que explicaré. Y creo que, como poeta, he intentado expresar a veces, con un lenguaje de cierta elevación categórica, un mensaje o un sentimiento sencillo. Creo que con la necesaria sensibilidad expresiva.

A.R.: Hay que tener cuidado en no confundir lo que se es con lo que se hace. Mi oficio es la escritura, y lo que soy es un ser humano en continua mutación.

 

¿Por qué la poesía?

El poeta Carlos Álvarez

C.A.: Uno de mis siete pecados capitales es la pereza. Siempre he sido y soy incapaz de realizar un trabajo que exija un muy meditado planteamiento y desarrollar la paciencia. Cuando empecé a escribir con continuidad, muy tardíamente, pues fue en el año 1960, había estado ya en la cárcel, era ya militante del Partido Comunista y trabajaba en una empresa de cuyo nombre sí quiero acordarme —aunque lo omita— porque en general se portaron bien conmigo cuando tuve problemas relacionados con mis vocaciones política y literaria. Mi horario me obligaba a permanecer un tiempo concreto en la oficina, y, en los momentos en que no tenía nada que hacer, divagaba sobre el papel en blanco con lo que después se convertiría en un poema. Una novela, incluso un cuento, me habría obligado a trabajar con una continuidad que mi ocupación laboral no me permitiría. Por eso mis intentos se encaminaron hacia la poesía, por la que entonces sentía una especial afición. Y como ya tenía una obsesiva preocupación política, ya había leído a Blas de Otero, Gabriel Celaya y otros poetas observadores y definidores de la realidad, y a seguirles me dediqué. Tuvo para mí una mayor influencia la lectura del libro de Ángela Figuera Aymerich Belleza Cruel, en el que me pareció que me aconsejaba escribir.

A.R.: Yo no escribo solamente poesía. Cada asunto a escribir requiere su forma más conveniente; sea cual sea el género, lo importante es hacerlo bien.

 

Si tuviera que elegir un momento de su carrera, algo que le haya marcado decisivamente para ser quien es, ¿qué sería?

C.A.: La poesía de Ángela, de Blas, de Gabriel, el recuerdo de Antonio Machado, en el terreno literario. En el humano, mi observación de la realidad. El conocimiento de, y la convivencia con, obreros presos políticos. ¿Para ser quién soy? Me pregunto: ¿y quién soy? Nadie del otro mundo: una persona no demasiado culta, ya que terminado el Bachillerato tuve que hacer una oposición para ingresar en un banco y trabajar en él, en vez de ir a la universidad como mis compañeros de colegio, que me causaban una envidia imponente; que no sabe idiomas, pese a haber tenido muchas posibilidades de aprender alguno; no demasiado sensible, ya que cuando hay una catástrofe con miles de muertos y oigo a todo el mundo decir que está hundido por el dolor, lo siento, claro, pero no pierdo el sueño ni el apetito; no demasiado creador, porque hace un siglo que soy incapaz de escribir un solo verso… Siempre pienso que es una especie de milagro (soy ateo, por supuesto) que haya hecho algo que algunos valoran.

A.R.: El primer libro es siempre un rito de paso. Hay un antes y un después de una publicación, porque no es lo mismo considerarte escritora a que los demás te reconozcan como tal.

¿Identificaría un eje o tema a lo largo de su obra que siempre haya estado ahí?

C.A.: La preocupación social. La conciencia de ser licántropo.

A.R.: No, porque yo no hago crítica literaria, y menos de mis libros. Creo que me restaría espontaneidad.

¿Qué cosas le inspiran de forma especial?

C.A.: Más que el paisaje, el paisanaje. Y la lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Y la aspiración a colaborar en la toma del Palacio de Invierno… por otros.

A.R.: Una cosa es el impulso para escribir, que puede ser desde un deseo de ordenar tus emociones o un encargo, y otra que el resultado sea poesía. El que el texto trascienda la mera información no depende ni de tus sentimientos ni de tu oficio. Es un misterio.

Poesía y compromiso social… ¿Una relación necesaria? ¿Cómo y en qué medida?

C.A.: La relación es siempre existente, por acción o por omisión. En el mundo que padecemos el dolor es continuo. El compromiso está, es de suponer, con el dolor causado por unos hombres o mujeres contra otras, por unos países contra otros. Pero cuando sabemos que en unos países sus gobernantes están condenando a la extrema miseria a parte de sus ciudadanos o unos países destruyen a otros, un artista puede referirse a ello cuando realiza su obra o no. Creo que ambas posturas son válidas. Se puede aspirar el aroma de una rosa o protestar contra muerte y tortura. Como resultado de la creación artística solo importa que esté bien o mal hecha. Pero el artista además es un ser humano. Y como tal ser humano sí tiene la obligación de expresarse e intervenir en la medida de sus fuerzas contra la injusticia y la opresión. Justicia y libertad, creo, son los máximos valores con los que cualquiera debe comprometerse.

A.R.: Todo arte es social porque necesita de los demás para ser interpretado. Producir belleza es un servicio a la humanidad tan generoso como producir reflexión, generar conciencia o señalar injusticias.

Este año ambos son autores de referencia de Vallecas Calle del Libro… ¿Qué les parece esta iniciativa?

C.A.: Equivale al grito “¡viva la República!” lanzado por los vallecanos, que merece el aplauso de cuantos la conocen y consecuentemente asisten y participan en los actos con ella relacionados. Durante la Segunda República se hizo en este campo una ingente labor que, como todo lo que valía la pena, desapareció cuando el pueblo fue derrotado por los “chacales que el chacal rechazaría”, como definió Pablo Neruda a los generales traidores. Considero un inmenso honor, probablemente una exageración, haber sido uno de los poetas elegidos para esta conmemoración. Y aunque vivo desde que llegué a Madrid en 1941 en el barrio de Argüelles, moderadamente burgués, Vallecas tiene para mí un significado entrañable.

A.R.: Lo que me parece es que los demás barrios lo deberíamos copiar. Sería precioso. Desde aquí pido permiso a Vallecas Calle del Libro para exportar la idea.

 

Libro "Seguiremos sembrando", de Carlos ÁlvarezLibro "Señales y muestras", de Ana Rossetti

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