Por Anabel Castro, Profesora y autora de Hijos más fuertes que el bullying y Diario de mi yo adolescente
Existe una idea muy extendida: llega la adolescencia y nuestros hijos dejan de contarnos sus cosas. «Es la edad», decimos. Se encierran en su habitación, hablan menos y acabamos pensando que es normal no saber casi nada de su vida. Pero no deberíamos conformarnos con eso.
Después de años escuchando a adolescentes, deberíamos hacernos otra pregunta: ¿Y si no callan porque sean adolescentes? ¿Y si callan porque han aprendido a medir qué puede pasar cuando hablan?
Muchos quieren contar lo que les ocurre, pero antes valoran el riesgo. «Si se lo cuento a mi madre, se va a preocupar». «Si se lo digo a mi padre, se va a enfadar». «Me van a quitar el móvil». «Me van a castigar sin jugar». «No me dejarán salir con mis amigos». «Van a intervenir sin preguntarme». «Me dirán que no es para tanto».
Y, a veces, simplemente piensan: «Ni siquiera sé cómo explicar lo que me está pasando».
Por eso, el silencio adolescente no siempre significa rebeldía o deseo de alejarnos. Muchas veces es una forma de protegerse o de evitar las consecuencias que imaginan que tendrá abrirse.
Esto cobra todavía más importancia cuando están sufriendo. Un adolescente que se siente rechazado, diferente, que tiene problemas con sus amigos o vive una situación de acoso, puede tardar mucho en hablar. Puede callar por vergüenza, porque cree que debería solucionarlo solo, porque teme que todo empeore si los adultos intervienen o porque piensa que perderá aquello que le conecta con su mundo: su móvil, sus amigos o sus salidas.
No deberíamos aceptar como inevitable que, porque nuestro hijo sea adolescente, no nos cuente nada, permanezca encerrado en su habitación y nosotros apenas sepamos qué está viviendo.
Mantener la puerta abierta
Respetar su intimidad no significa desaparecer de su vida. Nuestro objetivo no debería ser conseguir que nos lo cuente todo, sino mantener abierta una puerta.
Que sepa que, cuando venga con algo difícil, primero vamos a escuchar. Que no vamos a juzgarlo antes de comprender. Que no utilizaremos cada confidencia para castigarlo o controlar su vida.
Y que, incluso cuando haya cometido un error, seguirá encontrando en nosotros un lugar seguro al que volver. Porque la adolescencia necesita intimidad, sí. Pero también necesita adultos atentos. No normalicemos no saber nada de nuestros hijos pensando que «son adolescentes».
La pregunta es otra: cuando necesite ayuda, ¿sentirá que puede venir a mí sin miedo a lo que ocurrirá después?








