Correr el barrio: una mañana de abril en el PAU de Vallecas

La línea de meta instalada en la Avenida de Peñaranda de Bracamonte Foto: J. L.

Por Jesús López

Decía el maestro Azorín que el artículo debía renunciar a la distancia, implicarse en la materia que narra, perder la asepsia de la mirada externa. Quizá por ese motivo, el domingo 19 de abril bajé hasta la línea de meta de la XIV Carrera Popular del PAU de Vallecas. No para contarla desde fuera, sino para dejarme atravesar por ella. El asfalto ya reverberaba bajo una luz de primavera temprana. En el aire flotaban el sudor, la respiración entrecortada y ese rumor colectivo que solo producen los cuerpos en movimiento.

Las pruebas de adultos, 5K y 10K, habían tomado las calles del Ensanche como una corriente viva. Correr aquí no es únicamente desplazarse: es habitar el espacio de otra manera. Las avenidas, habituales en su rutina, se transforman en un territorio compartido donde cada zancada reescribe el barrio. Desde la meta se percibe con claridad ese tránsito: llegan los primeros, todavía enteros, con la zancada limpia; después, uno a uno, van apareciendo los demás, sostenidos por la voluntad. Rostros tensos, miradas fijas, cuerpos que se vencen y se rehacen en cada paso. No es la épica del podio lo que se impone, sino la dignidad del esfuerzo.

En las aceras, la gens vallecana, esa comunidad heterogénea y viva, acompaña con una familiaridad que desarma. No hay distancia entre quien corre y quien anima. Se aplaude a todos, se nombra a algunos, se reconoce a muchos. Porque esta carrera, más que una cita deportiva, es un gesto de pertenencia.

Detrás de esa naturalidad existe un trabajo silencioso y sostenido: el de la asociación vecinal del PAU de Vallecas, que, año tras año, teje comunidad con la paciencia de quien entiende que el barrio no se construye en los grandes gestos, sino en la suma de pequeñas voluntades. La organización, los voluntarios, la logística invisible… todo responde a esa ética de lo común que da sentido al evento.

Y es en este aspecto donde reside su fuerza. En un tiempo inclinado hacia lo masivo y lo espectacular, esta carrera conserva un carácter casi artesanal. Crece, cada vez son más los corredores y corredoras, pero no se desborda. Mantiene su escala humana, su vocación inclusiva, su pulso cercano. Aquí no se corre contra nadie, sino con otros.

Eco de las pisadas

Cuando el flujo de llegadas comenzó a diluirse, el asfalto fue recuperando su quietud habitual. Quedaban los restos de una intensidad compartida: el eco de las pisadas, el murmullo de las conversaciones, la fatiga convertida en sonrisa. Durante unas horas, el barrio había sido otra cosa: un cuerpo colectivo en movimiento.

Al alejarme de la meta pensé que tal vez eso era lo que verdaderamente había ocurrido. No una carrera, sino una forma de narrar el barrio desde dentro. Y comprendí entonces que Azorín iba más allá de la literatura. Ciertas vivencias no admiten la distancia: exigen presencia, implicación. Reclaman ser respiradas desde dentro. Dejar que pasen a través de uno, como el pulso incesante de quienes, ese domingo de abril, decidieron correr en nuestra Vallecas.

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