Por Ignacio Marín (@ij_marin)
La incineradora ya está en Bruselas. Esa factoría de emisiones tóxicas que se llama Valdemingómez está siendo estudiada en el Parlamento Europeo gracias al ahínco de los colectivos vecinales que, agotados de ser ignorados por las administraciones españolas, lo intentan con las comunitarias. Y parece que esta vez, al menos, lo van a considerar. Van a considerar que la persistencia de emisiones contaminantes por encima de los niveles recomendados puede tener impactos negativos sobre la salud pública. Van a considerar su terrible influencia sobre el entorno natural. Porque estamos ante un posible caso de infracción sistemática y continuada de la legislación ambiental comunitaria por parte de las autoridades españolas.
Y eso que el PP europeo ha intentado paralizar la investigación. Lo ha intentado, pero ha fracasado. Instado por sus compañeros españoles, el PP comunitario ha boicoteado esta investigación, porque quiere que todo siga igual. Que las emisiones nocivas las inhalen a diario los vecinos de los barrios obreros. Que se ahonde en la desigualdad, que exista una ciudad a dos velocidades. Una ciudad para los ricos y otra para los pobres.
Por eso se han opuesto a cualquier iniciativa que pusiera en duda el modelo de Valdemingómez. Siempre se han burlado de las legítimas protestas de los ciudadanos, cansados de vivir en un barrio de segunda, con dotaciones de segunda, con servicios públicos de segunda. Cansados, en definitiva, de vivir las vidas de segunda a las que les relega este sistema injusto. Porque sin esa gente precarizada, sufriendo vidas de segunda, no podrían ellos vivir en primera clase.
Por eso, tanto el Gobierno municipal como el autonómico van a poner todas las trabas imaginables. Porque esta y muchas otras medidas no son meras actuaciones. Forman parte de la lucha ideológica del neoliberalismo, basada en un furioso clasismo sin el cual todo su sistema se desmoronaría.
Por eso, los que se dicen patriotas son capaces de votar en Bruselas contra iniciativas puestas en marcha por sus propios compatriotas. Ya intentaron tumbar medidas como la reforma del mercado eléctrico que buscaba ayudar a los que tanto odian, los que menos tienen.
Ojalá algún día la incineradora deje de funcionar. Pero sin derribarla. Que quede como un recuerdo para las generaciones venideras de hasta dónde es capaz de llegar la codicia del ser humano. Como un recuerdo y como una advertencia.








