Me llaman Vallecas, tanto de noche como de día

Cigueñas, en un tejado de Vallecas. Foto: Juan Harán

Por Juan Sin Credo

Comenzado el otoño, cuando se relaja el agobio de las temperaturas asfixiantes, antes de que los rayos del sol iluminen el espectáculo del tránsito ininterrumpido de la ciudad, observo cómo todas las mañanas atraviesan con la majestuosa envergadura de su vuelo el cielo vallecano, destino hacia Valdemingómez para saciar su apetito en ese festival de desechos policromados por basuras multitudinarias. Admiro su independencia de movimientos, su posibilidad de cruzar la capital de un lado a otro. Las cigüeñas vuelven a Vallecas para demostrarnos en cada una de sus acrobacias aéreas el anhelo de emancipación. Sus alas extendidas al viento son un grito desgarrado de libertad.

A ras de suelo se vive distinto. Solo faltaba confinar a Vallecas. Eran de todos conocidos los primeros planes, surgidos inmediatamente después de la finalización del Estado de Alarma. En el Gobierno Autonómico la definición de contagioso se había ajustado al decreto de mediados de septiembre. De no mejorar el índice de afectados, se terminaría imponiendo el uso de un brazalete blanco con una gaviota azul verdosa y se aplicarían varias medidas restrictivas: prohibición del uso de transporte público y la asistencia a parques y restaurantes, además de la exclusión de determinadas profesiones liberales, predominantemente en la Sanidad y la Educación. También se prohibiría el cambio de residencia y, por supuesto, el derecho a voto. Como no puede ser de otra manera, toda esta fanfarria leguleya es producto de una fantasía perversa. Son solo algunas de las medidas que implantaron los alemanes en el Gueto de Varsovia.

Zona perimétrica

En un principio, mi calle quedó fuera de la zona perimétrica que dividía la noche del día. Aunque pareciera intrascendente, no fue nada gratificante no poder visitar ni a familiares ni a amigos que vivían en esas zonas confinadas, incluso, ni siquiera tampoco, utilizar sus bibliotecas. Por ese motivo, el viernes que se anunció el confinamiento, estuve en la biblioteca de Gerardo Diego para tomar prestado un libro del gran y desconocido cuentista Medardo Fraile, cuya trayectoria narrativa está a la altura de otros autores en este género de la talla de Ignacio Aldecoa o José María Merino. Más tarde, tomé rumbo a la de Miguel Hernández, donde cogí el último premio Alfaguara, ‘Salvar el fuego’, del cineasta mexicano Guillermo Arriaga, conocido por sus películas ‘21 gramos’ o ‘Amores perros’. Ya por último, en la Martín-Santos, retiré la reserva de ‘La madre de Frankenstein’, novela en la que Almudena Grandes repasa la situación de los psiquiátricos en la España franquista.
De vuelta, vi reposando en la cabeza de una farola una cigüeña con un ala herida, exhausta en su elevado porte, tras el trasiego en el espacio infinito de una Vallecas clausurada. Un territorio señalado que rechaza los estigmas de unas decisiones políticas ineficaces para solucionar con solvencia los problemas acuciantes de una ciudadanía, harta de tener que valerse por sí misma una vez más.

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