La vida sin servicios básicos y con la amenaza del desalojo

Entrevista con Elena Martín, una de las primeras vecinas de la Cañada Real Galiana

Los escombros de una vivienda derribada hace poco tiempo. Foto: L. C. Ríos

Por Luis Carlos Ríos

El 2 de octubre de 2020 está grabado en la memoria de los habitantes del sector 6 de la Cañada Real Galiana, que forma parte del distrito de Villa de Vallecas. Ese día fue el último que pudieron disfrutar de un suministro eléctrico continuo y amparado por la infraestructura estatal. Frigoríficos, calefactores y cocinas pasaron de ser un electrodoméstico de primera necesidad a un lujo. Las excusas esgrimidas entonces por Naturgy y por la Comunidad de Madrid giraban en torno a un supuesto consumo eléctrico excesivo, focalizado en plantaciones ilegales de cannabis. En realidad, el corte de suministro es indiscriminado y afecta a familias, jóvenes, ancianos y niños que nada tienen que ver con el negocio de las drogas.

Elena Martín es una ciudadana madrileña. “Yo soy de Cuatro Caminos, o sea, fíjate si conozco Madrid”, señala. Desde hace 30 años vive en la Cañada Real. La casa la levantaron como otras tantas de Vallecas, con sus propias manos, metro a metro. “Aquí lo hemos hecho todo nosotros, no había nada, todo esto está hecho por mi marido y por mí.”. Aquí hizo vida y crió a su hijo, que aún vive en la casa familiar con su esposa. Desde aquí iba al instituto y, ahora, al trabajo. Su prosperidad es la de millones de españoles que, durante los años del boom de la construcción, consiguieron granjearse un lugar dónde vivir.

Ella recuerda con mucho cariño sus primeros años en la Cañada, a la que describe como un barrio cualquiera de la capital. “Cuando llegamos aquí mi marido y yo, esto era una maravilla. Hace 30 años esto era fantástico, era un barrio de Madrid (…) Nos conocíamos todos, llegaba mi marido por la tarde y nos íbamos dando un paseo, íbamos a tomarnos un vino en las tasquitas… Lo que era un barrio, un típico barrio antiguo de Madrid”, recuerda.

Intento de regularización

Los problemas empezaron cuando aspiraron a regularizar su situación con las instituciones, en particular con la Comunidad y el Ayuntamiento. “Empezamos a pelear con la Comunidad, Ayuntamiento y demás intentando comprar los terrenos. Es más, en 2011, Esperanza Aguirre, en una de las últimas reuniones que tuvimos con ella, nos prometió que en dos años podíamos comprar los terrenos”, rememora. “Bueno, pues yo se lo dije a todo el mundo, fue fantástico y tal, y luego fue mentira. Cambiaron de parecer y ahora resulta que ya no, cambiaron de idea y ya la cosa cambió (…) Después de tantos años, ya nos quieren realojar a todos (…) Y yo digo que no. Yo digo que no”, zanja, categórica, Elena.

Una calle del sector 6 de la Cañada Real Galiana. Foto: L. C. Ríos

Su empeño por permanecer en su hogar es loable, considerando las graves carencias de servicios básicos. “No tengo electricidad, llevamos dos años (…) Agua, en invierno, ahora mismo sí. Llega junio, julio, agosto y, depende del calor de septiembre, que estamos sin agua durante el día. Viene por la noche (…) Entonces sabemos que, a partir de las 10, 11 de la mañana, hasta las 10, las 11, las 2 de la mañana, ya no hay agua. Tienes que levantarte muy pronto para ducharte, coger agua y esas cosas. Eso llevamos sufriéndolo hace como seis años más o menos”, explica. Estas circunstancias son habituales en zonas de sequía o países con infraestructura deficiente. No obstante, resultan un verdadero agravio en un contexto como la Comunidad de Madrid y el Canal Isabel II, de titularidad pública.

Otros servicios, como el gas butano, la limpieza urbana o Correos llegan con mucha dificultad o, directamente, ya no llegan. “Este sector era el más importante que había: tenía Correos, la recogida de basura, butano, panadero… El correo lo hemos perdido y el butano también. La basura tuvo una temporada que venía resguardada con la Policía y ahora ya vuelve a subir sola. Pero todo eso antiguamente no pasaba”, relata. El punto de inflexión lo marca Elena con la llegada del mercado de drogas ilegales. “Nos mandaron aquí todos los barrios marginales (…) La Quinta, las Barranquillas, El Salobral… Todas las zonas de droga” destaca.

Un poco de historia

“Vamos a tirar de historia”, empieza Elena. “Las cañadas se utilizaron, porque se nos dio un permiso hace 50 años (…) Yo llevo 30 años pagando la contribución, hasta que nos la quitaron. ¿Esto no da un derecho?”, pregunta. “Todavía vete a historia de más atrás. Las calles Alcalá, Arturo Soria, la Puerta del Sol, Gran Vía, todo eso fueron cañadas en su momento. Vamos a ir más cerca. Coslada, el tramo que está dentro de Coslada, está legalizado. Dime, ¿por qué unos sí y otros no? ¿Por qué?”, inquiere la madrileña. “Sin embargo, desde el sector 2 para acá, todo lo quieren limpiar. Ahora interesa. Esto es un tema político”, señala esta vecina de la Cañada Real. Tanto Puente de Vallecas como Villa de Vallecas se cimentaron sobre asentamientos considerados ilegales por las autoridades.

La construcción clandestina y el derribo de casas era una práctica frecuente.
De momento, los vecinos resisten, y Elena tiene electricidad gracias a paneles solares con baterías. Lo controla todo desde una aplicación intuitiva y sencilla, que le muestra cuánta energía gasta, almacena y genera. En la pantalla del móvil, la potencia que debería suministrar una línea eléctrica convencional marca ceros. “¿Sabes cuándo entra de aquí?

Cuando ponemos el motor (…) Los días ya muy negros muy negros, que vendrán ahora en invierno, tenemos el motor, que lo enchufamos, cargamos un poco las baterías y aguantamos a ver si al día siguiente hace sol (…) Tema de radiadores y eso nada, tuve que quitarlo todo. Tengo estufas a gas y la chimenea a leña” puntualiza.

Elena Martín tampoco descarta del todo irse de la Cañada, pero con sus condiciones. “Si me tengo que ir, me voy a ir. Pero valórame el vuelo, que es mío, todos los ladrillos, del primero al último, tengo todas las facturas. Llegamos a un acuerdo, tampoco vamos a pelear mucho, pero llegamos a un acuerdo y yo me voy donde yo quiera. No me quieras meter a mí en un piso, porque yo sí tengo derecho, pero mi hijo y mi nuera que viven conmigo, no. ¿Yo me muero, y ellos se van a la calle? No. Además, ¿has visto así un poquito lo que hay? Bueno, ¿tú me imaginas a mí en un piso? ¿Con cinco animales? (…) Irme donde yo quiera, una palabra, no hay más”, concluye.

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