
Por Isa Mendi
Apenas son dos kilómetros, duros por ser los últimos y también por la pendiente que parece interminable de la Avenida de la Albufera, pero la llegada a Vallecas es muy especial. Nada más cruzar el puente bajo la M-30, lamentablemente aún en pie, el calor de la gente, de niños, niñas y mayores, arropa y lleva en volandas a los sufridos atletas, como es mi caso, que decidieron despedir el año 2025 en familia, participando en la 61 edición de la San Silvestre Vallecana popular. Una experiencia, sin duda, irrepetible, a pesar de la nada económica inscripción en esta tradicional prueba del calendario deportivo de la capital.
Tras cruzar la ansiada línea de meta situada en la calle de Candilejas quedan prácticamente en el olvido las gélidas temperaturas, las esperas para entrar en el cajón de la última oleada, las aglomeraciones que impedían correr en los primeros kilómetros y el dolor de piernas que se va a acumulando a medida que se completa el recorrido. La satisfacción se impone al resto de sensaciones. No todos los días se tiene la oportunidad de tener las principales arterias y enclaves de la gran ciudad rendidos a tus pies (Concha Espina, Serrano, República Argentina, Puerta de Alcalá, Alcalá, Plaza de Cibeles, Paseo del Prado, Neptuno, Plaza de Cánovas del Castillo o Ciudad de Barcelona), como parte de una gran marea de más de 42.000 almas, de diferentes edades, sexo y nacionalidades, teñida del morado de sus camisetas, que no faltaron a la cita anual de esta carrera donde reinó el ambiente festivo, que es ya sin duda legendaria. No en vano, es la más multitudinaria de España y una de las más prestigiosas a nivel europeo.







