Por Araceli Domínguez
Cañada Real es un barrio, un lugar vivo al lado de Villa de Vallecas, que más de 2.800 familias han hecho crecer durante años. Han levantado sus casas, calles y recuerdos, aunque el sistema quiera borrarlas del mapa. Decir “Cañada se queda”, es gritar que aquí hay vida, dignidad y derechos. Sus habitantes no dudan en asegurar que lo que pasa en el sector 6 es racismo puro y duro por parte de las instituciones. Explican que se ve en cómo les ignoran, en el abandono a propósito, en el silencio de los políticos y la prensa, y en ese apagón que sufren las familias desde hace cinco años, que afecta a niños, ancianos, enfermos y gente que trabaja.
Las mujeres de Tabadol fueron las primeras en quejarse. Empezaron pidiendo algo tan simple como la luz. Ahora la lucha es más grande. Se trata de la lucha por el derecho a una casa digna, por su territorio y por quedarse ahí. Porque mucha gente, como Houda, una vecina de Cañada, no son okupas, sino que compraron terrenos y construyeron sus viviendas legalmente. Ellas y ellos crearon el barrio y son sus vecinos.
Aseguran que están echando a la gente a la fuerza y amenazándolos: “u os vais, o tiramos la casa”. Y que encima, les obligan a pagar por la máquina que destruye sus propios hogares. Consideran que están ante una violación del derecho a la vivienda que se ve en todo Madrid, pero que en la Cañada es más evidente.
Vallecas también se construyó así, y hoy es un barrio legal. Lo mismo pasó con el sector 1 de la Cañada, ahora anexionado a Coslada.
Entonces, ¿por qué aquí dicen que son asentamientos ilegales? ¿Por qué nadie se preocupó por la Cañada durante años?
“Ya basta de maltratarnos psicológicamente”, dijo Houda en la charla que tuvo lugar el 14 de enero en el Ateneo Republicano de Vallekas, como parte de la difusión de la gran marcha reivindicativa que tendrá lugar el sábado 31 de enero. Hay un muro, físico y mental, que separa, critica y silencia. Ya que cuando se habla de la Cañada, es para estigmatizarla, nunca para reconocer lo unida que está la gente, cómo se ayudan entre vecinos, las fiestas que hacen en la calle, lo orgullosos que están de pertenecer a ese lugar. “Nuestros hijos juegan libres, okupan las calles”, aseguró esta vecina, que recuerda que es algo que ya no se ve por las calles de Madrid.
Defender la tierra
La Cañada es historia, es el derecho a tener un barrio, a defender una tierra. “La tierra es de quien la trabaja y vive en ella”, comentó Tati, representante de la Laboratoria. Aseguró, además, que esta también es una lucha contra el capitalismo. Al respecto, argumentó que la riqueza no la hacen los empresarios, sino los trabajadores, y que el capitalismo lleva a que cada uno tiene que construirse su casa, mientras niegan la vivienda social y echan a los que molestan. La Cañada no está fuera de la política, ya que representa la resistencia de Madrid.
En 2007 y 2008 ya empezaron a echar a la gente sin avisar. Hoy la historia se repite, pero también la resistencia. Las mujeres son las que están al frente, y, como aseguró Tati, “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”. “Os necesitamos, porque solas no hemos podido y la estrategia tiene que cambiar”, añadió. E hizo un llamamiento a parar los derribos como se paran los desahucios en Madrid y a romper el silencio y el desconocimiento, para ver que hay diversidad, idiomas, culturas que deben estar presentes para entender que la diversidad es algo bueno.
María Luisa, una de las asistentes al acto, dijo emocionada: “Me habéis dado ganas de vivir, me habéis emocionado… La historia de vuestros hijos, vuestra historia”. Esa emoción es política, es el principio de algo diferente.
El acuerdo regional de 2017 se quedó en los cajones de los despachos, pero el camino hacia la marcha del 31 de enero se está autorreglando, poco a poco, entre todos.
Por todo esto, ¡Cañada se queda! Y el 31 de enero vecinos y activistas saldrán a la calle. No dudan en sentenciar que defender la Cañada es defender el derecho a la vivienda en todo Madrid.








