Historias contra el ruido del mundo

Una tarde con Luis Landero en Librería Muga

Igor Muñiz, a la izquierda, junto al escritor pacense Luis Landero, Premio Nacional de las Letras Españolas Foto: J. L.

Por Jesús López

La tarde del viernes 13 de marzo en Librería Muga tuvo algo de conversación entre viejos conocidos, aunque muchos de los presentes no nos hubiéramos visto nunca antes. Fui acompañado, una vez más, por mi hermana, referente imprescindible en mi vida y cómplice en muchas de estas pequeñas peregrinaciones culturales. A ella le debo, además, una deuda más profunda: fue quien me abrió las puertas del mundo de la lectura, ese territorio íntimo que hoy se vuelve casi imprescindible como refugio y como alternativa frente al ruido sombrío de mi presente actual.

El motivo del encuentro era la presentación de la última novela de Luis Landero, Coloquio de invierno, en una conversación moderada por el activista cultural Igor Muñiz. Sin embargo, en realidad, aquella tarde ocurrió algo más que la promoción de un libro. El acto fue adquiriendo poco a poco un tono entrañable, casi confidencial, como si durante un rato la librería recuperara el espíritu de los antiguos corrillos donde la gente se reunía simplemente para escuchar y contar historias.

Landero habló con la calma de quien ha dedicado toda una vida a pensar y trabajar para la literatura. Más que detenerse en la arquitectura de su novela, se adentró en algo más profundo: la potencia narrativa de las historias. Recordó cómo durante siglos la humanidad transmitió su memoria a través de la palabra hablada. Antes de los libros —vino a decir— ya existían las historias, y quizá por eso seguimos necesitándolas.

En la conversación con Igor apareció una idea que atravesó toda la velada: la tradición oral como raíz de la literatura. Las historias de siempre, las que pasan de una generación a otra, las que escuchamos de niños y permanecen en la memoria como pequeñas brújulas para orientarnos en la vida. Landero evocó ese placer antiguo de narrar y escuchar, un placer que hoy parece amenazado por la velocidad del tiempo y por la saturación de estímulos que nos rodean.

Defensa serena de la literatura

No obstante, lejos de cualquier lamento nostálgico, en sus palabras había una defensa serena de la literatura. Porque contar historias es una necesidad profundamente humana. A través de ellas, nos reconocemos en los otros, entendemos nuestras contradicciones y, de algún modo, ensayamos la vida antes de vivirla. Coloquio de invierno se sitúa precisamente en ese territorio donde la ficción dialoga con la experiencia. La literatura aparece como un espejo desplazado de la realidad: no reproduce la vida tal cual es, pero nos ayuda a mirarla con mayor claridad.

Al terminar el encuentro y al salir de la librería, caminando junto a mi hermana, pensé que quizá ese era el verdadero sentido de mi vida: recordar que, mientras existan lugares como Muga, narradores de casta como Luis Landero y lectores dispuestos a detenerse un momento para escuchar, la literatura seguirá siendo una forma de resistencia íntima frente al ensordecedor ruido del mundo.

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