CSOJ Atalaya, un espacio necesario

CSOJ Atalaya
CSOJ Atalaya

ROBERTO BLANCO TOMÁS.

Aunque solo lleva un año y medio entre nosotros, el Centro Social Okupado Juvenil Atalaya es ya un viejo conocido. En noviembre de 2014, un grupo de jóvenes del barrio iniciaban en el antiguo instituto situado en la calle Puerto del Milagro, en ese momento abandonado y en estado lamentable, el ilusionante proyecto de construir un espacio donde la juventud pudiera desarrollar todo su potencial. Era “una atalaya para el empoderamiento juvenil”, como titulábamos en enero de 2015. Entonces visitábamos el espacio y comprobábamos in situ cómo en un lugar tan deteriorado iba surgiendo la vida, fruto del duro trabajo que con empeño e ilusión realizaban estos chavales.

Hace un par de semanas, con la reciente amenaza de desalojo por parte de la Comunidad de Madrid como fondo, hemos querido realizar otra visita para ver cómo ha evolucionado la Atalaya hasta hoy. Silvia, una de sus participantes, ejerce de anfitriona. Nos comenta cómo a lo largo de todos estos meses se ha ido notando el crecimiento del centro, no solo puntualmente en los actos programados, sino también en el aumento de proyectos y a nivel social. “Hemos conseguido que muchos jóvenes del barrio se acerquen. Si desde las instituciones no hay recursos suficientes para que muchas personas puedan realizar sus proyectos o ciertas actividades, saben que pueden hacerlas aquí”. En ese sentido, subraya la labor que cumple el CSOJ Atalaya a la hora de evitar la exclusión social, aportando un espacio para desarrollar inquietudes y un montón de actividades gratuitas.

Pero hay que destacar que, pese a ser un centro organizado por jóvenes para jóvenes, está abierto a todos los vecinos. “Aquí no se excluye por generaciones: vienen también personas mayores de cuarenta años”, explica Silvia. “La asamblea la gestiona la gente joven, pero la gente más mayor también puede acudir, realizar sus talleres y demás. Lo único es que no participan en la toma de decisiones, porque es un centro juvenil, y lo que queremos es que la juventud se empodere”. En la Atalaya los jóvenes pueden sentirse dueños de su destino: “Si las personas jóvenes sienten que pueden realizar sus sueños, qué mejor que tener la iniciativa y el espacio para hacerlo. Poder llevarlo a cabo, conocer a más gente y ayudarse entre todos es una forma de realizarte y sentirte bien contigo mismo, una fuente de motivación”.

 

Un montón de actividades

Y esta motivación funciona: desde nuestra última visita, las actividades se han ido multiplicando. Silvia enumera: “Tenemos gimnasio y artes marciales… El taller de grafitis, que lleva a cabo una asociación de vecinos y participan también varias entidades del barrio…. También vino un chico pidiendo un espacio para realizar clases de capoeira: se le ha cedido, está consiguiendo más jóvenes y ya hacen muchas cosillas. Hay aquí una chica que sabe bailar, y da un día a la semana clases de baile, todo gratuito. Aparte, tenemos la biblioteca, donde los niños pueden venir a hacer los deberes. Hay que decir que aquí se estudia muy bien, y nos motivamos entre todos. Además, si algún chaval necesita ayuda, siempre hay alguien que sabe más de la asignatura que sea, y echa una mano a los demás”.

Hay teatro, clases de magia, autodefensa feminista… “También el Aula de Música —sigue Silvia—, que la tienen insonorizada. Lo han hecho ellos mismos, y de vez en cuando realizan jam sessions para reunir fondos y adquirir material. Y Ocio y Tiempo Libre, que hacen actividades en distintos espacios… Tenemos también el taller de bicis, donde los participantes se hacen sus propias bicicletas y enseñan a la gente que viene a arreglar las suyas. La filosofía es el ‘háztelo tu mismo’ y el apoyo mutuo”. Como puede verse, el CSOJ Atalaya es un auténtico “vivero” de colectivos y proyectos interesantes para el barrio, pues la actividad no se limita a sus paredes, sino que en buena medida se proyecta hacia afuera. “Eso es lo importante —destaca Silvia—: aquí las motivaciones de cada persona se llevan a cabo, se consolidan, y así luego pueden llevarse afuera. Es un punto donde la gente se encuentra y teje redes que les permiten cooperar juntos de cara al barrio”.

Importantes son también las propias características de este centro social: se trata de un lugar con mucho espacio donde los niños pueden venir a jugar sin miedo, y como antiguo instituto cuenta con instalaciones deportivas, que se pueden utilizar para organizar torneos o simplemente echar un partidillo. Y una de las “dotaciones” más útiles es el “asambleódromo”, un espacio que el CSOJ Atalaya ofrece a los colectivos para realizar sus asambleas. En el centro también se realizan un montón de eventos: conciertos, representaciones teatrales, cuentacuentos, comidas populares… “Ahora mismo se está haciendo todos los jueves cine, y dentro de poco empezará el cine de verano en el patio. Es gratuito, y se proyectan cintas de muchos géneros. Esta iniciativa está coordinada con distintos espacios y centros sociales del barrio”, explica Silvia.

 

Todos ‘arriman el hombro’

Evidentemente, para sacar adelante tantas actividades y el propio espacio, hacen falta, aparte de ilusión, dosis elevadas de trabajo y esfuerzo, y todos “arriman el hombro”. Silvia nos lo cuenta: “Entre todos organizamos fiestas de vez en cuando para recaudar fondos, comprar materiales y poder ir poniendo ventanas, muros y lo que haga falta. Es todo autogestionado, y el trabajo colectivo, con turnos de limpieza y jornadas de trabajo dos domingos al mes. Hoy, por ejemplo, mi colectivo va a hacer una fiesta de disfraces, y estamos aquí preparándola, pero cada día vienen dos proyectos a limpiar. Luego, cada uno se construye su parte. Si necesitamos ayuda, se pide y ya está; y si vienes y ves a gente haciendo algo, pues te unes y echas una mano”. Sorprende enterarse de que la CAM, en su intención de desalojarles, les acusa también de dañar el espacio. Nosotros lo visitamos cuando acababa de ser ocupado, vimos el ruinoso estado en que se encontraba, y podemos afirmar que desde que están estos jóvenes solamente ha mejorado, y mucho.

Los participantes en el centro se entienden bien con los vecinos, tratando de aportar el máximo al barrio y molestar lo mínimo. Han llegado a un acuerdo con el vecindario en cuanto a horarios, poniendo fin a los conciertos a las 23:00 o 23:30 como muy tarde y respetando las horas de comida. Si prevén que alguna actividad se va a prolongar, la realizan en el interior del edificio. Sienten el apoyo del barrio y de sus asociaciones: “nos conocen, saben que somos gente joven y que estamos dedicados al barrio. Somos de Vallecas, y nada mejor que la gente del barrio se ayude”, apunta Silvia.

Respecto a la amenaza de desalojo, confiesa: “Estamos a la espera de lo que pueda pasar, pero también tenemos esperanza de que eso no ocurra, porque somos muchos los que participamos, y es mucha gente del barrio la que quiere que esto se mantenga para poder utilizarlo. Si no son las personas mayores, serán sus hijos o sus nietos. Aquí en Vallecas este espacio es necesario, y tampoco hace mal a nadie”.

Totalmente de acuerdo: en nuestra visita pudimos ver allí a gente joven, muy acogedora y amable, currando duro y con ilusión para aportar al barrio lo que desde su mirada necesita. Si algún lector piensa todavía que la juventud de hoy es pasota, debería darse una vuelta por la Atalaya: encontraría a chavales y chavalas que saben lo que quieren y trabajan con ahínco para hacer realidad sus ideas y sus sueños. Sería un tópico decir que ellos son nuestro futuro: en realidad son ya presente, y es una alegría verles en acción. Como dice Silvia: “este espacio es de todas y de todos, e invito a quien no lo conozca todavía a que venga a conocerlo. La Atalaya resiste”.

 


Fotos: CSOJ. Atalaya; Jesús Arguedas

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