«Entrevías es un espacio de convivencia, de cultura, de solidaridad y también de lucha vecinal»

Entrevista a Carlos Olalla, premio al Mejor Actor en el Festival de Cine de Linares por «Un hombre de verdad»

Carlos Olalla, sentado en una silla en una calle de Entrevías. Foto: F. BódaloVK

Por Fernando Bódalo

Hay actores que interpretan personajes y actores que, de alguna manera, también interpretan la realidad que les rodea. Carlos Olalla pertenece a estos últimos. Su trayectoria profesional está ligada al cine, la televisión y el teatro, pero también a una manera de entender la cultura como herramienta de transformación social. Y eso tiene mucho que ver con el lugar donde vive: Entrevías. Un barrio que forma parte de su vida y con el que mantiene un compromiso que va más allá de las cámaras y los escenarios.

Ahora llega un nuevo reconocimiento a su carrera. Por su trabajo en Un hombre de verdad, Carlos Olalla ha recibido el premio al Mejor Actor en el Festival de Cine de Linares, un reconocimiento que se suma al de una película que aborda cuestiones tan actuales como la masculinidad, los roles de género, la soledad, los cuidados y la capacidad de cambiar.

Vallecas VA habla con Carlos de ese premio, de su personaje, de la película, del oficio de actor, de Entrevías y también de una sociedad que parece necesitar, quizá más que nunca, espacios para escucharse y entenderse.

EL PREMIO

Pregunta: Acaba de recibir en Linares el premio al Mejor Actor por Un hombre de verdad. ¿Qué significa este reconocimiento después de tantos años de carrera y, sobre todo, viniendo de una película tan personal?

Respuesta: Que premien mi trabajo siempre es motivo de alegría, pero que lo hagan por este trabajo en concreto me da, además, una profunda satisfacción. El personaje de Guillermo es muy necesario en los tiempos que vivimos.

P: Ha trabajado en cine, televisión y teatro y ha interpretado personajes muy diferentes. ¿Siente que este premio llega en un momento especialmente importante de su trayectoria?

R: Gracias al Estatuto del Artista aprobado por este Gobierno, los actores podemos seguir trabajando y cobrando nuestra pensión una vez jubilados en el régimen de artistas de la Seguridad Social. Ha sido jubilarme y que me empiecen a llegar todos los papeles que esperé durante años. ¡Bendita profesión!

P: Cuando escuchó su nombre como ganador, ¿qué fue lo primero que pensó? ¿Hubo alguien en quien pensara especialmente en ese momento?

R: Pensé en Liteo Pedregal, el director de la película que apostó por mí, y en mis compañeras de reparto que, en definitiva, son quienes crearon mi personaje. Y, por supuesto, en Pepa Fluviá, mi profesora de interpretación que me enseñó a amar sin remedio esta profesión a la que llegué muy tarde, con casi 50 años tras pasar más de 25 en el mundo empresarial y encontrarme con que una reestructuración me había dejado en la calle. Llegué casi por casualidad y ella hizo que creyese en mí.

UN HOMBRE DE VERDAD

P: Un hombre de verdad coloca frente al espectador a Guillermo, un hombre educado bajo una determinada concepción de la masculinidad que, después de la muerte de su mujer, se ve obligado a enfrentarse a muchas de sus propias carencias. ¿Qué fue lo más difícil de interpretar a Guillermo: su machismo, su vulnerabilidad o su transformación?

R: En Guillermo asistimos a la deconstrucción de un cretino, porque él es un cretino, aunque no lo sepa. Educado en el patriarcado y el machismo con el que nos educaron a los de mi generación, no ha tenido que freír un huevo en su vida y de repente tiene que aprender a valerse por sí mismo y hacer todo lo que su mujer había hecho y que él ni siquiera había visto. Y es gracias a las mujeres que le rodean, su hija, su vecina, etc., que van quitándole capa a capa ese machismo que lleva tan incrustado, como consigue entender que el feminismo no es lo contrario del machismo y que las mujeres no son una amenaza, sino compañeras en este viaje que es la vida.

P: Ha definido la película como «la deconstrucción de un cretino». Es una frase muy contundente. ¿Cree que Guillermo es un personaje extremo o que todos podemos reconocer en él comportamientos que hemos aprendido culturalmente?

R: La inmensa mayoría de mi generación, hombres y mujeres, fuimos educados en los valores del patriarcado. El feminismo nos ha abierto los ojos y nos ha enseñado a ver la realidad sin el filtro de aquellos valores. Sin duda, en Guillermo todos y todas podemos ver cosas que nos son terriblemente familiares.

P: La película habla de masculinidad, pero también de soledad, cuidados, educación y relaciones entre hombres y mujeres. ¿Cuál cree que es la reflexión más importante que debería llevarse el espectador después de verla?

R: Que anteponer los valores del patriarcado como la competencia a los del feminismo, como la cooperación, nos ha llevado a este mundo desquiciado e injusto. El mundo será feminista o no será.

P: Guillermo tiene que aprender cosas tan aparentemente sencillas como cuidar de sí mismo y de su casa. ¿Por qué algo tan cotidiano puede convertirse en una auténtica revolución para determinados hombres?

R: Porque internamente son labores que, por la educación recibida, consideramos que son «propias» de mujeres y que nuestro papel, como hombres, es reservarnos para las cuestiones «verdaderamente» importantes. Mientras el feminismo es igualdad, el machismo es desigualdad y privilegio. Que nos lo recuerden hay quien lo considera una amenaza a sus «derechos».

P: En la película son varias mujeres las que ayudan a Guillermo a cambiar. ¿Cree que los hombres estamos aprendiendo realmente a escuchar a las mujeres o todavía queda muchísimo camino por recorrer?

R: Estamos empezando a escuchar, pero llevamos unos tapones de cera tan incrustados en nuestra consciencia que hace muy difícil que el mensaje pueda llegar. Es largo, muy largo el camino que nos queda por recorrer. ¡Y también fascinante, porque son muchas y muy hermosas las cosas que podemos aprender en ese viaje!

P: La película combina drama y humor. ¿Es el humor una buena herramienta para hablar de machismo y conseguir que alguien se replantee sus propias actitudes sin sentirse atacado?

R: El humor es el vaso de agua que nos ayuda a tragar el mensaje, que es la medicina.

Carlos Olalla posa con un ejemplar de ‘Vallecas VA’. Foto: F. BódaloVK

VECINO DE ENTREVÍAS

P: Más allá de los premios y de los escenarios, hay una palabra que forma parte de la vida de Carlos Olalla: barrio.

R: Entrevías no es para mí únicamente un lugar donde vivir. Es un espacio de convivencia, de cultura, de solidaridad y también de lucha vecinal.

P: Vive en Entrevías, un barrio que conoce profundamente y con el que tiene un compromiso que va mucho más allá de ser vecino. ¿Qué le ha enseñado Entrevías sobre las personas que probablemente no habría aprendido en ningún otro lugar?

R: Nací en Barcelona. Viví por cuestiones laborales en distintas ciudades de España y del extranjero hasta que, en 2008, vine a vivir definitivamente a Madrid. Conocí Entrevías a través del Centro Parroquial de San Carlos Borromeo, al que admiraba como referente de su lucha por los más desfavorecidos. Un amigo me llevó un domingo a la celebración en la que todo el mundo toma la palabra y ofrece lo que está en su mano para ayudar a quien lo pueda necesitar. Soy actor. Me ofrecí a crear un taller de teatro solidario y gratuito abierto a quien quisiera que nos reunió cada domingo durante un par de horas a lo largo de 12 años. Fueron muchas y muy buenas las cosas que aprendí en la Borromeo.

P: Ha participado durante años en iniciativas teatrales y sociales en el barrio. ¿Qué puede hacer la cultura por un barrio como Entrevías?

R: No concibo el teatro como mero entretenimiento, sino como herramienta de transformación social. Por eso he dado talleres solidarios en la Borromeo, en Cañada Real, etc. A través de ellos hemos llevado sus historias de barrio a diferentes escenarios de centros culturales, prisiones, etc. El teatro no tiene respuestas. Su misión es hacer preguntas al público para que cuestione la realidad que está viviendo y su papel en ella.

P: ¿Cree que los barrios populares están suficientemente representados en el cine y en las series o seguimos viendo Entrevías y otros barrios desde los estereotipos?

R: El cine, y sobre todo la televisión, tienden a dar una imagen estereotipada y falsa, anclada en imágenes tópicas que distorsionan la realidad del barrio. Pero eso no solo pasa en España. Grabé una serie para la BBC británica ambientada en Mallorca y vistieron a todos los personajes españoles con enormes pulseras y cadenas de oro o de flamencas.

P: Conoce tanto los grandes platós como los pequeños escenarios y los espacios sociales del barrio. ¿Dónde siente que el público escucha de verdad al actor?

R: Cada público es diferente. Acabamos de celebrar la función número 200 de la obra Camino a La Meca, con Lola Herrera y Natalia Dicenta y puedo asegurar que no ha habido un público igual en ninguna función. Esa es la grandeza del teatro: ser algo vivo, único y colectivo, un precioso pacto entre actores y espectadores por el que estos aceptan creerse una mentira y nosotros mentirles desde la verdad.

P: Entrevías ha cambiado muchísimo, pero mantiene una identidad muy fuerte. ¿Qué Entrevías le gustaría que conocieran quienes solo conocen el barrio por las noticias o por una serie de televisión?

R: Fue a través de la Borromeo como conocí a mi pareja actual. Llevamos más de 10 años juntos. Ella es de Entrevías, muy de Entrevías, y me ha contado la relevancia que tuvo el movimiento vecinal en el barrio. Me ha enseñado a amarlo. Paso días en su casa y otros con mi madre, que tiene 93 años y necesita cuidados. Pero considero mi casa, mi barrio, Entrevías. Hace un par de años me implantaron una prótesis de cadera y cada mañana tenía que salir a andar un poquito por la calle. Nunca olvidaré los ánimos y las palabras cariñosas que todos los vecinos del barrio me daban cuando me veían en la calle. Quizá los movimientos vecinales no tengan ahora la fuerza que tuvieron, pero el espíritu solidario sigue vivo en el corazón de las gentes de Entrevías.

ACTOR Y COMPROMISO SOCIAL

P: La trayectoria de Carlos Olalla también está marcada por su implicación en diferentes proyectos sociales y culturales. Una forma de entender la profesión que plantea una pregunta inevitable: ¿puede el arte cambiar realmente las cosas? Ha trabajado y colaborado con proyectos relacionados con la exclusión social, la memoria y diferentes colectivos vulnerables. ¿Puede un actor limitarse a interpretar personajes o cree que también tiene una responsabilidad social?

R: Antes que actores, somos ciudadanos y como tales, y más en los tiempos que corren, tenemos que tomar partido, porque no hacerlo es ser cómplice de la barbarie en la que estamos viviendo con este resurgir del fascismo. Decía Abraham Verguese que no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan. Y hoy son tantos y en tantos sitios quienes nos necesitan. Soy actor y puedo ayudar a la gente a descubrirse a sí misma, a descubrir otros mundos, a leer la realidad desde diferentes puntos de vista, a mejorar su forma de expresarse, a tener herramientas con las que defenderse en una entrevista de trabajo… Por eso doy los talleres. Pero si fuera fontanero repararía gratuitamente las tuberías de una casa okupada o la vivienda de unos ancianos que malviven con su pensión. Somos lo que hacemos.

P: Vivimos un momento de mucha polarización, discursos de odio y enfrentamiento social. ¿Cree que el cine y el teatro están aprovechando suficientemente su capacidad para hacernos pensar y ponernos en el lugar del otro?

R: Hay de todo. Quienes se dedican al mero entretenimiento, quienes aspiran a fama o dinero, o quienes, como los Javis, son capaces de hacer una película como La bola negra y llevar a millones de espectadores, especialmente jóvenes, a ver una película que nos pone frente a la realidad de la memoria democrática, de la persecución sufrida por el colectivo LGTBIQ+, de la barbarie, la intolerancia y del fascismo, de lo que nos robaron a todos cuando asesinaron a Lorca…

P: También ha tenido contacto con personas en situaciones difíciles. ¿Qué ha aprendido de esas experiencias que después haya llevado a su trabajo como actor?

R: Impartir durante un año el taller de Caídos del cielo, el grupo de teatro de personas sin hogar de la dramaturga Paloma Pedrero, fue una auténtica lección de vida. Mientras preparábamos la puesta en escena de una obra estructurada en monólogos, yo iba a un centro cultural a preparar mi monólogo. No necesitaba a nadie para hacerlo, porque no necesitaba réplicas, etc. Pero cada mañana encontraba a una de las personas sin hogar esperándome en el escenario. Cuando le decía: «Muchas gracias, pero no hace falta que estés aquí, puedo hacerlo solo». Me contestaba: «Por eso estoy aquí, para que no te sientas solo».

P: Hoy parece que todo se mide en éxito, dinero, audiencia, seguidores o visibilidad. ¿Qué significa para Carlos Olalla tener éxito a estas alturas de la vida?

R: Ya tengo casi 70 años y la vida me ha enseñado que todo cuanto retuve lo perdí, que solo me queda lo que di. Creo que mi mayor éxito ha sido poder mantener, pese a todo, la inocencia en la mirada, emocionarme viendo una puesta de sol, leyendo un poema o sentir aún esas mariposas dentro al ver la luz en la mirada de la gente joven que sale a la calle a defender sus derechos.

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