Por Olivia Anders
¡Qué tiempos cuando nos subíamos al metro en la zona del andén que mejor nos venía para luego bajarnos cerca de la salida! Ahora buscamos el vagón en el que vemos que nadie se abanica, ese puede que tenga aire acondicionado, y nos subimos, aunque probablemente no podamos sentarnos. Al entrar, una bofetada de calor te indica que no tiene climatización. Piensas si te daría tiempo a cambiarte al siguiente, o no, y mientras entra más gente y ya estás atrapada, y te resignas. Miras a tu alrededor, las caras de todos los días, cansancio, una calma tensa y sigue entrando gente.
Te asalta la duda: «¿pero qué temperatura tendremos ahora mismo?», 33 ° en el mejor de los casos a las ocho y media de la mañana. Vuelves a ver esas caras. Cada persona que entra sabiendo que no se podrá sentar, que irá cargando con la mochila intentando no molestar, que llegará al trabajo sudando… Lo curioso es que dentro del vagón todos tenemos una opinión. «Esto es inhumano». «Tendríamos que reclamar». Pero esas conversaciones casi siempre mueren cuando se abren las puertas.
La gente sigue subiendo y bajando. Sales a la calle, respiras, te recolocas y llegas al trabajo. Te esperan ocho horas limpiando una urbanización con piscina. O sirviendo cafés de especialidad. O doblando camisetas en una tienda del centro. O cuidando a personas mayores. Has salido de uno de los barrios que más sufren el calor de Madrid para mantener en funcionamiento una ciudad donde, muchas veces, el aire acondicionado empieza justo donde termina tu trayecto. Y la indignación se queda en el andén.
Y ese es, quizá, el mayor éxito de todo esto. Nos hemos acostumbrado. Hemos asumido que viajar así forma parte del trayecto, igual que asumimos que el tren llegará lleno o que tendremos que ir de pie. Pero no, no es normal.
Las desigualdades de una ciudad también se miden en sus desplazamientos. Mientras unas personas eligen cómo llegar al trabajo, otras dependen por completo del transporte público. La Línea 1 es la puerta de entrada al resto de Madrid para miles de vecinos y vecinas de Vallecas. No es razonable que quienes sostienen el funcionamiento diario de la ciudad sean quienes tengan que hacerlo en peores condiciones.
Riesgo para la salud
El calor no es una simple incomodidad. Aumenta la fatiga, reduce la concentración y supone un riesgo para la salud. Si nadie aceptaría esas condiciones en un centro de trabajo, ¿por qué las aceptamos en el transporte público que nos lleva hasta él?
Dentro del vagón todas sabemos que esto no es normal. Lo comentamos, nos indignamos e incluso compartimos un abanico con quien tenemos al lado. Pero cuando las puertas se abren, la conversación termina. Reclamar no hará que el siguiente tren tenga aire acondicionado, pero sí dejará constancia de que no aceptamos viajar así. Hacemos la foto al termómetro, enviamos la reclamación y la respuesta casi siempre es la misma: una «incidencia puntual». La indignación aumenta con cada eufemismo. Porque no hablamos de una «incidencia puntual». Hablamos de una situación que miles de personas soportan cada mañana, verano tras verano.
No, no es normal. La próxima vez, no dejemos que la indignación se quede en el andén. Hagamos que llegue también en forma de reclamación.








