La ascensión de Maruja Mallo a Vallecas

El cuadro «La Sorpresa del Trigo», pintado por Maruja Mallo en 1936 . Foto: J. López

Por Jesús López

El Museo Reina Sofía vuelve a poner el foco en Maruja Mallo, una de las creadoras más singulares de las vanguardias españolas. La exposición «Máscara y compás» rescata uno de los episodios más reveladores de su trayectoria: su vínculo con Vallecas y con la llamada Escuela de Vallecas, donde coincidió con Alberto Sánchez y Benjamín Palencia en los primeros años 30 del siglo XX.

Aquel encuentro cambió su manera de entender el arte. Hasta entonces, Mallo era la artista de las máscaras y las verbenas, protagonista de las tertulias madrileñas y pareja de Rafael Alberti, con quien compartía inquietudes estéticas y vitales. Pero en Vallecas descubrió otra dimensión: la del paisaje luminoso del extrarradio, la tierra desnuda como materia de creación.

La Escuela de Vallecas fue una comunión de espíritus que buscaba reconciliar arte y naturaleza. Alberto Sánchez y Benjamín Palencia hallaron en las afueras de Madrid un laboratorio donde repensar la modernidad desde lo esencial: el yeso y el trigo. Mallo se sumó a ese impulso con la energía de quien intuye una revelación. Su presencia en el grupo le dejó una huella decisiva.

El círculo se amplió, también, con poetas como Luis Felipe Vivanco y Miguel Hernández, quienes compartieron una misma fascinación por la raíz y el paisaje. En aquellos encuentros en el Cerro Almodóvar, el arte y la palabra se mezclaban con el aire de la meseta, en un diálogo entre lo humano y lo telúrico.

De esa etapa nacería una de sus obras más emblemáticas, «La sorpresa del trigo» (1936), donde la naturaleza se eleva a categoría mística. En el cuadro, las espigas brotan entre los dedos de la mujer como destellos, como si el campo hablara un lenguaje sagrado. Mallo captó en esa imagen el espíritu de la Vallecas agraria de los años 30, una geografía fértil que inspiró también el simbolismo del pan, materia básica y universal.

El campo vallecano en arte

Su visión anticipó, sin proponérselo, la exposición permanente ‘El pan de Vallecas’, que hoy se conserva en el instituto público María Rodrigo, un testimonio humilde pero poderoso de la misma idea: el pan como arte, el trigo como conocimiento.

El catálogo de la muestra ‘La Escuela de Vallecas’, inaugurada a finales de 1984 en el Centro Cultural Alberto Sánchez con la presencia de Alberti en un auditorio abarrotado de público vallecano, recoge un testimonio de Mallo que resume el espíritu de aquellos días: «Así llegamos al Cerro de Vallecas. Una tarde el cielo estaba cubierto de intensas, negras enormes y espesas nubes, repentinamente se desencadenó una tormenta. Nos llegaron voces lejanas que exclamaban: ‘¡Arrójense al suelo!’… A lo que Alberto respondió: ‘¡No nos alcanzarán los rayos, porque somos inmortales!’»

Aquella exclamación, «somos inmortales», fue la afirmación de una generación que transformó el campo vallecano en arte, la periferia en horizonte. Maruja Mallo ascendió a Vallecas y, con ella, el arte español se asomó a un nuevo territorio: el de la modernidad arraigada en la tierra.

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