Cañada Real, seis años de oscuridad y abandono

Una de las acciones reivindicativas para reclamar la vuelta de luz a Cañada. Foto: Plataforma Luz

Por Isa Mendi

El tiempo pasa de forma inexorable y el suministro eléctrico sigue sin regresar a las viviendas de los sectores 5 y 6 de la Cañada Real Galiana. El gesto tan típico de dar al interruptor no sirve para nada, haga frío o calor. Desde el fatídico 2 de octubre de 2020, día del apagón por parte de la empresa Naturgy, sus 4.500 vecinos y vecinas, de ellos 1.800 niños y niñas, reclaman que vuelva la luz y denuncian la vulneración de sus derechos. A esta circunstancia se une otra preocupación: los derribos de casas, ejecutados en los últimos meses. Como medida para visibilizar su situación, el 1 de octubre grabaron vídeos a oscuras, solo alumbradas por una vela que finalmente soplaron, como símbolo de la llama encendida que ha prendido la hoguera de la dignidad en las calles por el caso de Mari Carmen, para volver a reiterar que la luz es un derecho dentro y fuera de la antigua vía pecuaria y que Cañada se queda. Vallecas VA recoge el testimonio de la Asociación de Mujeres Tabadol, con motivo de este sexto aniversario.

P: ¿Cómo es su día a día desde el corte de luz?
R: Es un día a día de resistencia. Llevamos más de seis años sin tener garantizado un suministro básico como la electricidad, y eso afecta absolutamente a todo: a cómo cocinamos, cómo calentamos nuestras casas en invierno, cómo soportamos el calor en verano, cómo conservamos los alimentos, cómo estudian nuestros hijos y cómo cuidamos a las personas mayores o enfermas. Pero además hay que hablar de las consecuencias que todo esto ha tenido sobre nuestra salud. Hemos vivido problemas respiratorios, intoxicaciones por el uso de gas y otros sistemas alternativos, accidentes domésticos, incendios y situaciones de muchísimo riesgo, porque las familias tienen que buscarse la vida para calentarse, cocinar o tener algo de luz. No se puede mantener durante años a una población sin electricidad y después hablar como si únicamente faltara una bombilla. Estamos hablando de nuestra salud, de nuestra seguridad y de nuestra dignidad. Y esto afecta especialmente a las mujeres. Somos muchas veces las que estamos las 24 horas dentro del hogar, sosteniendo los cuidados, cocinando, limpiando, atendiendo a los niños, a las personas mayores y a las personas enfermas. Todo lo que ya supone un trabajo enorme se multiplica cuando no tienes electricidad. Por eso nosotras también hablamos de violencia institucional contra las mujeres.

P: ¿Cómo ven el tema de los derribos?
R: Estamos en contra. Eso tiene que quedar muy claro. Nuestra lucha no es para que nos den una alternativa cuando derriben nuestras casas. Nuestra lucha es para que nuestras casas no sean derribadas. Nuestro lema es «Cañada se queda», porque nuestro futuro lo queremos aquí. Llevamos alrededor de 60 años viviendo en este territorio. Son 60 años de vida, de familias, de comunidad, de lucha y de resistencia. Aquí hemos construido nuestras casas, hemos criado a nuestros hijos y hemos creado nuestras redes vecinales. Por eso decimos que el territorio es de quien lo habita. Nuestras casas son nuestras casas y tienen que ser protegidas. Además, Madrid también ha crecido históricamente de esta manera, a través de barrios que con el tiempo se han consolidado y regularizado. Y dentro de la propia Cañada tenemos sectores donde se ha podido plantear una consolidación. Entonces nuestra pregunta es muy sencilla: ¿por qué en unos lugares sí se puede y en otros la única solución que se plantea es derribar? ¿Por qué para Cañada no se buscan soluciones que permitan que las familias permanezcamos? Nosotras no aceptamos que nuestro destino esté decidido de antemano.

P: ¿El futuro, dentro o fuera de Cañada?
R: Dentro. Muchas veces nos hacen esta pregunta como si ya estuviera decidido que nuestro futuro tiene que estar fuera, y nosotras rechazamos completamente esa idea. Queremos quedarnos en nuestro territorio. Aquí está nuestra historia, nuestra vida, nuestras familias, nuestros vecinos, nuestros recuerdos y nuestro arraigo. Y para nosotras el caso de Mari Carmen sirve también para plantear una reflexión. Si una persona lleva alrededor de 70 años viviendo en una casa y se entiende socialmente que esa casa forma parte de su vida y que tiene derecho a volver a ella, nosotras preguntamos: ¿qué pasa con las familias de Cañada que llevamos alrededor de 60 años aquí? ¿Por qué nuestro arraigo vale menos? ¿Por qué nuestras casas parecen tener menos valor? ¿Cuántos años tenemos que vivir en un territorio para que se reconozca que también es nuestro hogar? Nuestra lucha también es legítima. Llevamos 60 años de lucha y de resistencia, y dentro de esos 60 años llevamos casi seis años soportando además la falta de suministros básicos. Por eso decimos: «Cañada se queda».

P: ¿Cómo han pasado este último verano?
R: Ha sido durísimo. El cambio climático y las temperaturas extremas son un problema que estamos sufriendo en todo el país, pero cuando además vives sin electricidad las consecuencias son mucho más graves. Una persona que tiene electricidad puede poner un ventilador, intentar refrescar su casa, conservar correctamente los alimentos o determinados medicamentos. Nosotras muchas veces no podemos hacer ninguna de esas cosas. Y además, al no tener un suministro normal, las familias recurren a otras soluciones: generadores, bombonas de butano, velas y distintos sistemas para cocinar, calentarse o tener algo de electricidad. Todo eso aumenta el riesgo de intoxicaciones, incendios y accidentes. Por eso insistimos en que el corte de luz no es solamente un problema energético. Es un problema de salud, de seguridad, de vivienda y de derechos humanos.

P: ¿A quién responsabilizan de esta situación?
R: Como Asociación de Mujeres Tabadol denunciamos la responsabilidad del Ayuntamiento de Madrid, de la Comunidad de Madrid y también del Gobierno de España. Después de tantos años, no queremos escuchar cómo unas administraciones se pasan la responsabilidad a otras hablando únicamente de competencias. Nosotras somos las que seguimos viviendo las consecuencias mientras las instituciones discuten quién tiene que hacer qué. Para nosotras hay una responsabilidad institucional en su conjunto. Y también denunciamos racismo institucional e islamofobia. No se puede ignorar a quienes vivimos en Cañada. Aquí vivimos muchas familias gitanas, marroquíes, musulmanas, migrantes y racializadas. Nosotras nos preguntamos si una situación como esta habría podido mantenerse durante tantos años en un barrio con otra población y con otras condiciones sociales. Sentimos que existe un abandono que tiene que ver también con nuestro origen, nuestra clase, nuestro color de piel y nuestra religión. Y las mujeres sufrimos además una carga específica. Somos quienes sostenemos en gran medida la vida cotidiana y los cuidados dentro de las casas. Por eso, cuando una institución permite que una situación así se prolongue durante años, las consecuencias recaen especialmente sobre nosotras. Nuestra reivindicación es muy sencilla: queremos los mismos derechos que cualquier otra persona de Madrid. Queremos luz, queremos servicios básicos y queremos seguir viviendo en nuestras casas. No queremos luz para marcharnos. Queremos luz para vivir aquí. No queremos un realojo como respuesta al derribo. Queremos que no derriben nuestras casas. No queremos que otros decidan nuestro futuro. Queremos permanecer en nuestro territorio. «Cañada se queda».

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