La parroquia interviene "como uno más" en la Cañada.

“Lo que estamos consiguiendo en Cañada no está escrito”

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ROBERTO BLANCO TOMÁS.

Como nuestros lectores saben, desde esta redacción se sigue con interés todo lo que ocurre en torno a Cañada Real y los procesos que hay allí en marcha. Para saber un poco más, en marzo hemos hablado con Agustín Rodríguez, cura de la parroquia de Sto. Domingo de la Calzada – Valdemingómez y excelente conocedor de la realidad de esta zona de Madrid, aprovechando la ocasión para comentar las últimas noticias que allí se han generado

 

¿Cuándo llegaste a Cañada Real?

En el 2007: el cura que estaba en ese momento se planteaba salir de allí, y había que cubrir su puesto. Yo al principio creía que lo único que querían era alguien que fuese a celebrar misa, lo que tampoco me hacía mucha gracia, pero rápidamente me di cuenta de que lo que estaban pidiendo era alguien que estuviese allí y fuese el párroco.

¿Qué encontraste?

Un montón de gente que estaba interviniendo en Cañada desde otras entidades sociales, estableciendo unos vínculos fuertes de red, y desde el principio nos insertamos en toda esa dinámica comunitaria. Y creo yo que además viviendo una experiencia bonita en relación a nosotros, de lo que es la presencia de Iglesia en un barrio donde potencialmente estás abocado a no tener clientela: la parroquia está en un enclave donde no tiene mucho sentido esperar que se te vaya a llenar la iglesia, ya que la población susceptible de ser católica es poca. Yo creo que eso también nos ayuda a ver que nuestra misión no es ésa, que estamos llamados a ser otra cosa y a encontrar nuestro hueco dentro de la realidad humana que tenemos delante.

Nuestra vocación es así fundamentalmente “de comunión”, que diríamos nosotros, o “comunitaria”, que se diría en el lenguaje social. Allí hay 30 nacionalidades, 8.000 personas, una dispersión geográfica grande, una dispersión cultural muy grande, una riqueza intercultural e interreligiosa bestial… y si todo eso no se conecta tiene todas las papeletas para que termine mal. La búsqueda de ese “que todos sean uno” encuentra un paralelismo dentro de los enunciados teóricos del proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural: para que una realidad social pueda ser transformada es necesario que todos los actores que forman parte del territorio estén implicados. En esa vocación es donde nosotros como parroquianos hemos enganchado con todo un proceso que no es solo nuestro, pero al cual sí que entendemos que tenemos que servir, como uno más, teniendo en cuenta que aquí hay un montón de gente interviniendo aparte de nosotros. Hay que conocer lo que hace el resto y luego buscar recursos que completen el trabajo común. Eso es algo que también hemos tenido que aprender…

¿En qué momento estamos ahora en Cañada?

La Cañada desde hace muchos años intenta irse regularizando. En su momento se forman las asociaciones de vecinos y se va generando una cierta estructura social. Entonces van siendo capaces de resolver sus papeletas: se van organizando para ir arreglando los viales, para tener suministro de agua o de luz, para intentar hablar con las Administraciones y decirles: “nosotros existimos, y esto tendríamos que ir buscando una forma de solucionarlo”.

En cualquier caso, los municipios, especialmente Madrid, siguen creciendo, y la Cañada está ahí. Yo no tengo ninguna prueba para decir que las expansiones urbanísticas fueron las que en un momento determinado hicieron que el ayuntamiento de Madrid quisiese demoler la Cañada entera, pero lo que sí puedo decir es que la expansión urbanística coincide con el comienzo acelerado de la tramitación de expedientes administrativos orientados a que esas casas sean derribadas. A partir de ese momento las asociaciones de vecinos ya no son solamente una forma de estructurarse en el territorio, sino que además se van a terminar convirtiendo en un elemento de diálogo, y en ocasiones de presión y reivindicación.

Es a partir de ese momento cuando la Comunidad se plantea que aquí hay un problema muy serio que mal manejado puede traer consecuencias, por lo que hay que buscar soluciones. Lo primero, intentar regularizar la situación del suelo: en el 2011 se aprueba la Ley de la Cañada. Inmediatamente después, la CAM empieza a trabajar en posibilidades de futuro. Frente a los modelos de los ayuntamientos, el de “todo fuera”, la CAM entiende que eso es muy fácil decirlo, pero a quien le toca pagarlo es a ella, así que busca un planteamiento en el que se pueda mantener lo más posible. Entonces es cuando se genera el acuerdo marco del Gobierno de Ignacio González (2014). Yo creo que ahí había buena voluntad y criterio, pero que en aquel momento todos pecamos de ingenuidad.

Al Gobierno de Ana Botella no le quedó más remedio que ponerse de acuerdo con la CAM, pero Rivas se mantuvo al margen y no firmó. Ahí ya había un pulso, pero los vecinos estaban contentos por la posibilidad de encontrar una forma de regularizar lo que habían ido construyendo a lo largo de los años. Se crean en 2016 las figuras de los comisionados, que se ponen a trabajar en serio… y de repente aparecen unos técnicos que dicen: “no puede ser nada de lo que habíais soñado”. Claro, eso trae la frustración, el desánimo, el miedo, la angustia… repartidos entre todos los agentes.

Pienso que las Administraciones han hecho un esfuerzo para no quedarse bloqueadas e intentar retomar la dinámica, pero ahora no es tan fácil hacerlo, porque se ha generado mucha desconfianza. Ahora, yo creo que por primera vez de una forma sensata han abandonado la postura finalista y han reconocido que no se sabe qué va a pasar al final y que habrá que estudiarlo. Esto nos lleva al pacto regional recientemente alcanzado. En él, todos los actores políticos se han puesto de acuerdo para decir: “con Cañada no jugamos ninguno, y paso adelante que demos lo damos juntos y lo respetamos todos”. Así, el pacto regional ha pasado de ser una propuesta finalista de cómo va a quedar todo, a lo que se ve como el comienzo de un camino que vamos a ir recorriendo juntos, pero sabiendo que tenemos un principio de legalidad que todos hemos decidido que vamos a respetar, que tenemos que hacer las cosas de una forma participativa y que tenemos que intentar salvar al máximo la realidad humana que se esconde detrás de la Cañada. Realmente queda todo el trabajo por hacer, pero yo creo que conseguir esto ha sido para fliparlo. Ya hemos aprendido que no podemos permitirnos el lujo de ser ingenuos con nuestros sueños ni con los de la gente: seamos precisos, sensatos y capaces de desarrollar un trabajo bien hecho.

Por lo que comentas, lo que está ocurriendo en Cañada parece un símbolo de algo más, digamos, “universal”: cuando los sueños y las ilusiones se vienen abajo, y eso provoca que todos se tengan que poner de acuerdo para seguir adelante…

En un lenguaje eclesiástico, yo creo que la Cañada se ha convertido en un “sacramento”; es decir, en un signo tangible de una realidad que es mucho más abstracta, lo que tiene que ver con una fuerza de futuro absolutamente impresionante. Lo que estamos consiguiendo en Cañada a mí me parece que no está escrito en los libros, y los libros tendrán que terminar hablando de ello, porque puede llegar a ser una clave de lectura que nos ayude a resolver muchos otros problemas en otros muchos sitios. El tema del pacto regional es único, porque en este país no tenemos pactos. Hemos tenido, a nivel estatal, los Pactos de la Moncloa, el Pacto Antiterrorista y el Pacto Antiyihadista, y no ha habido más… Pero es que a nivel autonómico éste es el primer gran pacto que va a firmar todo el mundo. Me parece impresionante y grande que lo hayamos hecho, pero no dejo de preguntarme: “¿de verdad en 35 años no habíamos sido capaces de ponernos de acuerdo nunca los madrileños en algo?”. Ha tenido que ser la Cañada…

 


Imagen: R.B.T. (interior); Parr. Sto. Domingo de la Calzada – Valdemingómez (portada)

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