«El autor consiente con casi todo menos con su propia cobardía»

Escritor Martín Parra

LIBRERÍA DE CAZARABET.

Gonzalo Martín Parra es escritor vallecano, al que seguro ya conocen nuestros lectores también por sus colaboraciones con este periódico. Su última novela, Epitafio para heilipus, ya reseñada en nuestras páginas, nos transporta a un Madrid paralelo al que habitamos, “conmocionado por la proclamación, al día siguiente, de una nueva Constitución, después de las convulsiones políticas desatadas tras la muerte de Mariano Rajoy a manos de una mujer desahuciada durante una visita a Vigo. […] A lo largo de toda esta noche, un grupo de personajes, habituales de la marginalidad madrileña, entrecruzan sus caminos en medio de un desbarajuste de relaciones, alcohol, drogas, sexo y muerte, mientras se prepara un conflicto surrealista entre diferentes facciones afectas y opuestas al poder del momento”. Con la novela como eje, la Librería de Cazarabet ha mantenido este mes una entrevista con el autor, parte de la cual reproducimos aquí.

 

Epitafio para heilipus es una historia que a priori puede parecer que tenga mucho de independiente, de cierto desasosiego, casi desorden… pero que encuentra el equilibrio en eso mismo, en esa especie de embrollo que parece que instales en Madrid…

La obra orbita ese lugar periférico en donde las emociones se agitan, se denuestan; que tome lugar en Madrid no tiene por qué decirnos gran cosa. Madrid es un pretexto, para el cual sirve su condición de metrópoli, de ciudad grande. Se necesitaban los ingredientes de una ciudad grande, de un centro administrativo. Generalmente es ahí donde más patentes se hacen las diferencias entre grupos, y el tratamiento que se reserva a cada grupo. Con todo, parte de la trama se desarrolla en Vallecas y, de pasada, en Carabanchel. Así que no es estrictamente una novela del Madrid “brillante y hambriento” (céntrico), que dijo Valle-Inclán.

De todas maneras, el ambiente lo has condensado, como revestido de una atmósfera llena de claustrofobia. ¿Por qué?

Acaso sea ése el modo en que yo vivo cada día. Creo que lo extraordinario habría sido lo contrario: una novela pausada y cabal. Pero sí, el barniz agónico es deliberado. El tipo de trama que ideé (el relato transcurre en una noche) obliga a referir todo con urgencia. No quiere decir que el lector quede obligado a unos límites cronológicos, porque se pretende aquí una historia de expansiones. Que uno quiera replegarse en un personaje, en un pasaje concreto, está bien; no menos hacemos cada día, con cada elección que acometemos; pero la tentativa abarcaba más posibilidades: todas. Queda, al fin, una cosa abierta a interpretaciones.

Además sus personajes, las características de todos ellos, sus viajes internos y lo que externalizan es cosa de todos, lo que resulta en un relato muy coral…

Me aburren los monográficos, la cosa narrativa en panorámica sobre un único personaje, en función del cual todo lo demás queda en un segundo plano. Casi lo creo un desperdicio de papel, porque, eh: ¿y si a mí me interesan más las motivaciones de ese otro personaje, ése al que solo has aludido tan de pasada? Una cosa a varias voces dice siempre más, y mejor, porque al final se trata de crear ambientes, de concretar el mayor número de adhesiones posible, y hay ciertas cosas que no se pueden resolver con meras alusiones. Si volviendo una, dos… diez veces sobre un paisaje, un entorno, una plaza, se segrega su esencia del resto en mejores condiciones, ¿por qué voy a limitarme a la subjetividad de una única percepción? Además, ya hemos dicho que el protagonismo recae en la ciudad, como conglomerado de estímulos; el resto, simples termitas de un mismo retablo.

Trabajar en un relato de ficción, pero con personajes de no-ficción, debe de ser muy complejo, con ciertas líneas difíciles de cruzar, ¿no? Hay que ir, además, con mucho cuidado a la hora de ponerse en la piel de los personajes que no componen la ficción…

Lo difícil es instalarse, a la hora del hecho creativo, en la objetividad. También ser consciente de que es muy difícil dejar de frivolizar, provocar, y que se puede llegar a herir ciertas sensibilidades. Sin embargo, el error consiste en creer que se puede responsabilizar a un autor de la deriva de su obra. El autor es una instrumentalización del instante, de lo reactivo y brutal de la inventiva, y consiente con casi todo menos con su propia cobardía. De tal modo, crea en desasosiego, porque se trata de sobrevivir a uno mismo, y termina diciendo con mucho susto, porque el que dice con susto siempre dice mejor. Lo que uno no puede permitirse son las restricciones si la palabra escrita es el canal elegido. Precisamente porque la palabra escrita es una descodificación de las certezas cotidianas.

¿Cómo ha sido trabajar con Editorial Queimada?

Pues supone siempre trabajar en un ambiente comunicativo, en que se atienden y discuten los diferentes puntos de vista, sin alucinaciones paraliterarias. Parecen consideraciones ociosas, pero qué va…

¿Nos puedes adelantar si estás trabajando con algo?

Acabo de terminar otra novela, titulada «Camille». Viñeta amorosa, de extensión algo superior al «Epitafio», pero con el que comparte “cosmogonía”. Y alguna otra cosa que uno va empezando, pero que sin duda son cosas ya autónomas, y que por sí mismas deciden: suicidio u oportunidad. Será cuestión de bajar a la calle, a ver por dónde me sopla la veleta.

 

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